sábado, 20 de enero de 2018

La construcción de la Iglesia cristiana: una herencia tardo romana


Imagen: Primer concilio ecuménico, celebrado
en Nicea (325). Fuente: Wikipedia
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Tras la cruenta persecución contra los cristianos ordenada por Diocleciano, su sucesor, Constantino, decretó en 313 la libertad de culto en el Imperio y con ello el cristianismo pasó a tener el mismo rango que las otras religiones. Teodosio dio un paso definitivo en 380, reconociéndolo como la religión oficial del Estado y prohibiendo el ejercicio de cualquier otra.

Cien años después, la Iglesia era una de las instituciones más importantes del ámbito mediterráneo y fue la institución romana que menos cambió tras el derrumbe del Imperio. Esto se debió a que ni su estructura ni su financiación dependían de él, lo cual permitió que sobreviviera a la fragmentación política que sucedió en el siglo V.

Las primeras comunidades de fieles estaban esparcidas por todo el Imperio, en aquellas ciudades dónde había cuajado el mensaje de los apóstoles. Cada una de estas comunidades elegía a un presbítero como líder espiritual, al que ayudaban diáconos, subdiáconos, acólitos y exorcistas —estos últimos cuidaban de los epilépticos—. Había también mujeres, sobre todo viudas, que cuidaban de los enfermos, las diaconisas. Ninguna de estas funciones constituía una carrera, ni había dependencias jerárquicas entre unas comunidades y otras. Cada presbítero respondía sólo ante Dios y sus propios fieles y no existía una organización entre ellos.

Conforme el cristianismo se expandió por el Imperio, surgió la necesidad de organizarse. En las ciudades, los presbíteros se congregaban en diócesis y elegían su obispo; en el siglo IV, por encima de los obispos, se creó la figura del obispo metropolitano —llamado arzobispo, más tarde— que supervisaba a los obispos de cada provincia y finalmente, a la cabeza de ellos, se crearon cinco patriarcados en las principales ciudades: Roma, Constantinopla, Antioquía, Alejandría y Jerusalén. Todos de carácter electo.

Los cinco patriarcas tenían idéntica autoridad, se consideraban iguales entre ellos y eran muchos los obispos, arzobispos y patriarcas que usaban el título de Papa aunque, poco a poco, fue quedando para uso exclusivo del obispo de Roma, lo que ocasionó conflictos desde que se planteó su figura de primus inter pares en el concilio de Calcedonia en 381 hasta que se reservó para él su uso exclusivo, en el siglo VIII.

Los obispos resolvían las cuestiones de importancia en concilios, que eran provinciales o sínodos, cuando los convocaba un arzobispo en su provincia (Hispania, Galia, África, por ejemplo); plenarios, cuando eran convocados bien para los obispos de todo Oriente o de todo Occidente y ecuménicos cuando reunía a todos. Las decisiones de los concilios ecuménicos eran de obligado cumplimiento para todos los cristianos.

Los constructores de la Iglesia se preocuparon por replicar de forma paralela la estructura administrativa del Imperio. Frente a cada gobernador de provincia había un arzobispo y ante cada prefecto, un obispo. A medida que el poder político se debilitó, la autoridad eclesiástica fue apropiándose de las funciones propias de la autoridad civil del Estado, especialmente en temas referentes al derecho de familia. En Occidente, los obispos fueron los únicos personajes que se mantuvieron al frente de las ciudades y territorios cuando el Imperio desapareció y se convirtieron, de facto, en funcionarios de alto rango, por lo que tanto los reyes bárbaros como los emperadores controlaron su elección y se aseguraron su fidelidad. El episcopado pasó a ser una opción de carrera para las élites y por supuesto, a estas alturas ya había desaparecido su carácter plebiscitario. Durante los siglos IV y V, la Iglesia se convirtió en una estructura compleja, con quizá unos cien mil clérigos —que, en número, eran más que los empleados que tenía la administración civil—.

A finales del siglo V, el paganismo había sido totalmente excluido del mundo romano oficial, aunque hubo maestros paganos en Atenas y Alejandría hasta finales del siglo VI. Fue en las ciudades menores y las zonas rurales donde más costó erradicar los ritos paganos, que eran de carácter festivo. Los obispos competían con estas fiestas, organizando festejos propios de forma que al final, el calendario religioso cristiano se superpuso al anterior, sustituyéndolo. Así, ambos mundos se complementaron para conformar el tiempo cristiano con la primacía temporal del rito público pagano, superpuesto a la importancia de las creencias cristianas.

Las Iglesia evolucionó de distinta forma en el Imperio bizantino de oriente y el mundo romano-germánico de occidente.

En el orden político, los patriarcas de Constantinopla eran elegidos directamente por el emperador y a los de Roma se les elegía entre grandes presiones políticas, aunque antes de ser consagrados como tales, debían ser refrendados por el emperador bizantino. Los germanos no tuvieron inconveniente en aceptar la primacía universal del obispo de Roma —al fin y al cabo, era el único patriarca que había en Occidente—, pero en Constantinopla no tenían tan claras las cosas: por un lado, sus patriarcas reivindicaban el carácter universal de su autoridad y por otro, los emperadores se hallaban atrapados en las consecuencias de la controversia monofisita, que debilitaba la cohesión del Imperio y les enfrentaba con los patriarcas romanos que, debido a su lejanía del poder imperial, empezaron a perfilar la doctrina de la delimitación de los poderes espiritual y temporal: las llamadas «dos espadas».

En lo religioso, entre los siglos V al VIII existieron dos iglesias con preocupaciones muy distintas:

En Oriente, en el Imperio de Bizancio, mediatizado por la presencia y el mando del emperador, en el marco de la herencia filosófica grecorromana, se vivían discusiones complejísimas sobre el dogma, había una especie de locura colectiva por entender y definir los matices de Dios que dio lugar a innumerables herejías, fruto de las cuales surgieron cismas que aún hoy perviven.

En el occidente romano-germánico la preocupación era acomodar la religión al nivel cultural y religioso de los germanos y la Iglesia fue muy práctica. Aquí sólo había tres grupos a los que había que hacer llegar el mensaje: por un lado, estaban los bautizados —que no había que confundir con fieles conversos— y por otro los arrianos y los paganos, a los que había que convertir o, al menos, bautizar. El nivel de este púbico no daba para mucho —ni el de los feligreses ni el del clero— y no aconsejaba en absoluto andarse con debates teológicos e intelectuales como los que se traían en Oriente, así que el mensaje cristiano se simplificó y fue difundido por los misioneros en un proceso de folclorización y germanización que se apoyó en el culto a los santos, a través de la veneración de sus reliquias y tumbas, la formalización de la misa en un conjunto de lecturas y oraciones que compendiaban la fe y la formalización de los sacramentos.

En cuanto a las herejías, que hubo muchas, también eran de carácter muy distinto en una y otra parte de la Iglesia.

Las herejías occidentales fueron, por lo general, una reivindicación de la sencillez de los primeros tiempos o arranques de integrismo en las comunidades de fieles. Las más importantes fueron la de Donato, en el norte de África, Pelagio en Irlanda y Prisciliano en España; este último, un gallego de alta cuna que fue obispo de Ávila y del que algunos especulan con que sea el verdadero ocupante de la tumba del apóstol, en Santiago de Compostela.

La herejía occidental de mayor calado, el donatismo, técnicamente podría considerarse más bien un cisma, dado que sólo afectaba a la obediencia y no era una cuestión de creencias. Sostenían los seguidores de Donato, obispo de Cartago, que su Metropolitano, un tal Ceciliano, había sido consagrado por alguien que fue apóstata durante las persecuciones de Diocleciano y por tanto no reconocían su nombramiento ni a los nombrados por él —Ceciliano, según ellos, ni podía ser obispo ni consagrar a otros—. El cisma se limitó a África, pero tardó un siglo en resolverse, llegó a ser violento y en su momento más álgido, a apartar de la disciplina a 270 obispos donatistas.

En Oriente, las herejías tuvieron una mayor carga dogmática, las más importantes fueron Arrianismo, Nestorianismo y Monofisismo.

El Arrianismo sostenía que Jesús era una especie de semidiós cuya divinidad no podía ser comparada a la del Padre. Esta herejía fue abolida en el Imperio, pero el obispo Ulfila convirtió a los godos a esta nueva interpretación, creo un alfabeto propio y tradujo la Biblia al idioma gótico, dándole cuerpo. El arrianismo desapareció con la conversión de Recaredo, tras la muerte de su padre, Leovigildo.

El Nestorianismo sostenía que Cristo tenía dos naturalezas, aunque la humana prevalecía sobre la divina. También abolida en el Imperio, se refugió en la Persia sasánida y se difundió por Irak, India y China, donde aún subsiste.

El Monofisismo fue la herejía más influyente y contribuyó al debilitamiento del Imperio de Oriente. Fue creado por Cirilo de Alejandría, en oposición al Nestorianismo. Sostenía una única naturaleza con la divina por encima de la humana. En un primer momento fue reconocido como la doctrina oficial de la Iglesia en el Concilio de Éfeso, en 449, presidido por Teodosio II y donde no se admitieron enviados de Occidente, por lo que el papa León I lo denominó “el latrocinio de Éfeso”. Más tarde, en el Concilio Ecuménico de Calcedonia, en 451, se condenó al monofisismo estableciendo que en Cristo las dos naturalezas se hallan —atentos todos— inconfusas e inmutables, indivisas e inseparables. Estas «discusiones bizantinas» dieron lugar a toda una guerra de credos e intereses que no quedó resuelta hasta el cisma total de la Iglesia de Oriente, seiscientos años más tarde, donde cada parte de la Iglesia tiró por su camino y aún siguen en él.

Volviendo al Concilio Ecuménico de Calcedonia y con él a las primeras escisiones, los obispos sirios, alejandrinos y armenios se opusieron a sus decisiones y así surgieron tres cismas: La Iglesia Ortodoxa Copta, que hoy se extiende por Egipto, Etiopía y Eritrea; La Iglesia Ortodoxa Siria, o Jacobita —llamada así por el Obispo Jacobo, de Edesa— que se extiende por Líbano, Siria e Irak y la Iglesia Ortodoxa Armenia, que se extiende por Armenia y los países de su diáspora.

Mientras, en Occidente, las élites del conocimiento se debatían en si un cristiano debía aceptar o no la herencia intelectual legada por Roma y su influencia griega, de un mundo que no había conocido al Dios verdadero. Afortunadamente, tres hombres ayudaron a resolverlo y encontrar un equilibrio y sobre todo una unidad de criterio, frente al desbarajuste que fragmentaba cada vez más a Oriente. Primero Boecio, que tradujo al latín algunas obras de Aristóteles, después Casiodoro que fijó las siete artes liberales, con gran influencia en los posteriores escritos monásticos y finalmente, el papa Gregorio Magno, que resaltó el trabajo de Casiodoro insistiendo en que las artes liberales eran el camino para entender la palabra de Dios. Con esto quedó creado el corpus cultural cristiano, fundamento intelectual de la nueva Europa, al menos hasta el siglo XII, con la aceptación del curriculum de las llamadas siete artes liberales, compuesto por el trívium —formado por gramática, retórica y dialéctica— y el quadrivium —compuesto por aritmética, geometría, música y astronomía—.

Fuentes de la bibliografía: [8], [14], [16], [17], [18], [19].

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