sábado, 21 de abril de 2018

Gestación del régimen feudal durante la Alta Edad Media (siglos VI al X)

Imagen: Roldán jura fidelidad a Carlomagno.
Fuente: Wikipedia
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El feudalismo fue un sistema económico basado en una institución socioeconómica llamada señoríos que empezó a gestarse a finales del siglo VI, tras el fin del Imperio romano y la decadencia del esclavismo. Pervivió hasta el siglo XIII, cuando dio paso al capitalismo. Tras su fase de gestación, en los siglos VI al X, el feudalismo alcanzó su apogeo económico de los siglos XI al XIII, para caer luego en una profunda depresión, en los siglos XIV y XV.

Durante la Alta Edad Media se produjo un importante cambio en las reglas de juego, tanto en lo social como en lo económico, que fueron un desenlace natural de las causas que lo provocaron. Los impuestos venían de ser cada vez más altos, para sostener un aparato imperial débil, corrupto e ineficaz que había sumido a Occidente en la anarquía, lo cual provocó el florecimiento de grandes haciendas autosuficientes y con ello, escasez de intercambios y derrumbe del comercio. El efecto fue un relevo en el protagonismo de las instituciones. Desde el nacimiento de la Historia hasta ese período, las instituciones urbanas habían sido las que ordenaban la sociedad, pero de forma novedosa, en la Alta Edad Media, la pauta la empezaron a marcar las instituciones agrarias y rurales.

Tras la caída del Imperio Romano en Occidente, el sistema político en Europa se fragmentó en reinos independientes e inseguros en los que se fundieron los antiguos habitantes del Imperio y los nuevos inmigrantes, germanos y godos. La herencia cultural quedó en manos de la Iglesia, que a estas alturas era un grupo privilegiado, bien organizado, con autoridad moral y mucha riqueza acumulada.

Los nuevos reinos europeos fueron gobernados por castas de guerreros capitaneadas por reyes elegidos en asambleas, por lo que las bases del poder centralizado quedaron muy diluidas. En cuanto a la estructuración social, gran parte de la población había abandonado las ciudades y se había puesto bajo la protección de señores poderosos, que acaparaban fuerza y autoridad en territorios extensos.

La desintegración del Imperio supuso la práctica desaparición del sistema tributario, por lo que no era posible mantener ejércitos profesionales centralizados. Los impuestos habían dejado de ser la base del Estado. La fuerza, ahora, era atributo de sólo unos pocos señores, que mantenían sus propios ejércitos. La consecuencia fue una gran inestabilidad política y social, que repercutió en una merma de la riqueza y el poder de gran parte de la aristocracia. Como segunda consecuencia, este empobrecimiento de las élites, unida a la inseguridad en las comunicaciones, provocó una disminución en la demanda a la vez que mayores costes de producción y distribución, con la consiguiente reducción de la actividad comercial. 

Para los reyes, así como para los ejércitos, la propiedad de las tierras fue desde entonces la fuente principal de la riqueza. En Francia y el Mediterráneo occidental, los aristócratas pos-romanos conservaron parte de las tierras, mientras que al norte del Rin y del Canal de la Mancha, así como en algunas zonas de España, la propiedad de la tierra quedó bajo regímenes más tribales y, en muchas regiones se mantuvieron las comunidades campesinas.

Los cambios que se estaban dando supusieron una simplificación drástica de la economía en Occidente: la construcción fue menos ambiciosa, la producción artesanal perdió profesionalidad, los intercambios pasaron a ser más locales. El sistema fiscal, el judicial y el administrativo también se simplificaron.

En este contexto se fraguó lo que mucho más tarde fue conocido como sistema feudal, cuyos rasgos fueron la descentralización del poder político, un sistema social basado en tres órdenes (nobleza, clero y campesinos) con un sistema de privilegios basado en el estatus y el peso abrumador de la agricultura como principal actividad productiva. La clase dirigente era, aproximadamente, el 5% de la población, y estaba estructurada en una pirámide que empezaba por el rey, bajo él los grandes nobles, y así hasta los caballeros de categoría inferior, en la base.

En el orden clerical podía distinguirse entre el clero regular las órdenes monásticas, que dejaban el mundo, retirándose a comunidades aisladas regidas por «reglas» y el clero secular obispos y sacerdotes, que vivían en el «siglo», participando en la vida de la comunidad de un modo más directo. En la Alta Edad Media, el clero regular gozaba de mayor prestigio, aunque a partir del siglo X, con el alza económica y el resurgimiento de las ciudades, la categoría del clero secular les sobrepasó.

En la Alta Edad media de la Europa occidental pueden distinguirse dos fases diferenciadas con un punto de inflexión que se sitúa en el año 800, aproximadamente, cuando comienza a imponerse el sistema feudal.

Desde el año 400 al 800 estuvo vigente un modo de producción campesina con economías de organización y producción relativamente autónomas, que pagaban las rentas a los propietarios. Las clases sociales se dividían en propietarios y arrendatarios —a diferencia de lo que sucedería más tarde en el sistema feudal, que las dividiría en señores y siervos—. Aunque los campesinos eran libres económicamente, tenían obligaciones con sus señores, tales como el servicio militar y diversos trabajos comunitarios. Durante este período, los aristócratas que ejercían la actividad militar fueron arrogándose la propiedad política sobre el campesinado, asumiendo el poder judicial y minando los derechos y propiedades de los campesinos, abriendo de esta forma el camino al régimen feudal.

Hacia el año 800, la nobleza había incrementado su riqueza y comenzó a consolidar su dominio sobre los campesinos bajo un nuevo sistema feudal. Bien es cierto que esto favoreció los intercambios, pero también las actividades militares. En el año 1000, el régimen feudal había desplazado, prácticamente, al modo de producción campesina y se generalizó el señorío.

La organización económica y social base del sistema feudal, el señorío, empezó a fraguarse al final del Imperio cuando, ante la inseguridad reinante, los aristócratas emigraron desde las ciudades a sus grandes fincas, que convirtieron en autosuficientes, con campesinos ligados a ellas, bien por ley o bien por necesidad. Fue común que los pequeños propietarios campesinos, frente a la incapacidad de pagar los impuestos o por miedo ante el caos reinante, vendieran sus tierras al señor y se pusieran bajo su protección.

La inseguridad vino a agravarse cuando, en los siglos VIII y IX, llegaron las invasiones de vikingos desde el norte, sarracenos desde el sur y magiares desde el este. Esto provocó que el gobierno de los señoríos fuese ostentado exclusivamente por la clase guerrera, que en ausencia de sistema fiscal y la práctica desaparición de la economía monetaria, mantenía unas tropas que el poder central no podía.

De esta forma, los señores pasaron a desempeñar una doble misión: militar y funcionarial. Los grandes nobles duques, marqueses y condes tenían posesiones extensísimas, por lo que concedían el gobierno de una parte de ellas a señores o caballeros de inferior categoría mediante un procedimiento llamado de subinfeudación, para que estos mantuvieran el orden y administraran justicia en sus tierras a cambio de un juramento de fidelidad a su persona.

Los señoríos englobaban a comunidades agrarias, distribuidas en pequeñas aldeas en una economía de agricultura de subsistencia. Como unidad administrativa y de organización, el señorío consistía en unos terrenos, unos edificios y las personas que cultivaban aquellos y habitaban éstos. Desde un punto de vista funcional, la tierra se dividía en terreno de cultivo, de pasto, prados, monte, bosque y tierra baldía.
Nunca existió un estándar de señorío, porque no podía ser igual en las zonas húmedas de la Europa Central o las más secas, del área mediterránea, pero se intentará describir aquí lo que podría ser un señorío tipo, compuesto por elementos que eran comunes, siempre entendiendo que nunca fue una institución estática y que estuvo sometido a una evolución constante.

El señorío se componía de diferentes particiones en función de sus privilegios de uso.

En primer lugar, estaba la reserva señorial, perteneciente al señor feudal y trabajada por los siervos a través de prestaciones obligatorias de trabajo  llamadas corveas. Podía representar el 30% de la tierra cultivable. Incluía la casa señorial, a menudo fortificada, y algunas instalaciones comunes, como graneros, establos, forja, hornos o molinos, por ejemplo, que utilizaban los siervos a cambio del pago de derechos, casi siempre en servicios de trabajo o en especie.

En las parcelas de los siervos, denominadas mansos, se trabajaba para la subsistencia familiar. Debido a la organización necesaria del trabajo comunal, cada familia disponía de varias parcelas diseminadas. Los campesinos vivían en aldeas a los pies de las murallas de la casa señorial o en sus cercanías. Sus chozas constaban de una o dos estancias, a veces con un granero que servía de lugar para dormir. La construcción podía ser de madera o piedra, aunque lo más frecuente es que fuera de barro y juncos, con suelo de tierra y sin ventanas.

Las zonas comunales eran espacios de pasto y monte reservados para la recogida de frutos, el pastoreo, provisión de leña y otros usos, que estaban regulados por el señor, donde a veces imponía derechos pagados por los siervos. Las tierras puestas en barbecho se consideraban comunales y se usaban como pastos.

Finalmente, a menos que la casa señorial tuviera capilla, una pequeña iglesia completaba el panorama.

Los grandes dominios fueron la nueva unidad de explotación. Esto originó incentivos para la inversión, por parte de los señores y la innovación, por los campesinos, lo cual propició el aumento de los rendimientos agrícolas y de la productividad del trabajo al incorporar nuevos instrumentos de apoyo a la producción, como nuevos tipos de arado para trabajar tierras más pesadas y más fértiles; o equipamiento de transformación más eficiente, como el molino. Todo ello se tradujo en incrementos de la producción y la demografía, permitiendo la colonización de nuevos espacios y, con ello, la aparición de excedentes y la activación de mercados donde realizar intercambios.

El comercio entre una región y otra, en particular las valiosas importaciones de Oriente, no se habían interrumpido nunca del todo, pero su volumen no había sido suficiente para estimular la economía. Al contrario, las calzadas se deterioraron lentamente y los sedimentos obstruyeron los puertos artificiales. Además, las instalaciones y servicios portuarios ofrecían poco interés en una época cuyo escaso comercio se producía sobre todo a través de barcos pequeños, que viajaban regularmente por ríos pequeños. Los peligros de la guerra y la piratería no alentaban la realización de intercambios distantes a gran escala.

A partir del siglo VIII, la generalización de las haciendas señoriales, más explotadoras pero más productivas y con una gestión más compleja, originó un cambio en la tendencia desde el comercio local al marítimo de larga distancia, comenzándose la construcción de puertos a uno y otro lado del Canal de la Mancha, el delta del Rin y el mar del Norte, interconectados entre ellos; probablemente por iniciativa de reyes, para favorecer el comercio regional. Más tarde, en los siglos IX y X comenzaron a surgir puertos en Italia, que desarrollarían el comercio en el área mediterránea, con mayor potencial y diferente tipo de mercancías que las rutas del Norte.

El gran dominio sería así el motor del renacimiento mercantil de Occidente, ayudado por innovaciones en el transporte que a estas alturas había mejorado sensiblemente, especialmente en la navegación.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [17], [18], [26].

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