sábado, 1 de julio de 2017

El comienzo de un largo verano, después del Paleolítico

Imagen, Homo sapiens sapiens
Fuente, TEMPUS
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El arqueólogo Brian Fagan denominó como Largo Verano al cambio climático súbito que se produjo en 9600 adE, cuando las temperaturas globales aumentaron siete grados Celsius en menos de una década y, desde entonces, permanecen elevadas. Este calentamiento global supuso el trasfondo para la revolución neolítica, haciendo posible la transición a la vida sedentaria y la aparición de la agricultura y la ganadería.

Aprovechando que hace buen tiempo, ¿por qué no dejamos de viajar tanto?

Érase una vez una comunidad de unos cuantos primates venidos a más, pertenecientes a la elitista especie homo sapiens sapiens, que se hizo esta pregunta hace sólo 10.000 años, después de que sus ancestros vinieran de aguantar las peores condiciones climáticas imaginables; un frío interminable que había durado decenas de miles de años y que afortunadamente había concluido hacía poco de forma abrupta.

A ninguno de nosotros nos gustaría tener a esta familia por vecinos; eran ariscos y asesinos, especialmente cuando se encontraban con primos de su misma especie. La causa de muerte más común en esta época era por asesinato.

La subsistencia dependía de la capacidad de alimentarse, bien por carroña abandonada por otros depredadores con menos habilidad para hurgar en los cadáveres de los animales matados, bien por caza propia de otros mamíferos o de aves, insectos o moluscos, y cada vez más por frutos, semillas, bayas, etc. que con el paso del tiempo iban identificando como adecuados a su dieta omnívora, sin olvidar la posibilidad de deglutir a semejantes cada vez que se presentaba la ocasión.

La consecuencia de comer todo lo que encontraban alrededor es que, pasado un tiempo, los recursos de la zona que ocupaban eran limitados y se agotaban. Por tanto, había que moverse, buscar otro sitio y así ser seminómada, que viene a significar nómada a la fuerza, por cómoda y bien decorada que fuera la última cueva o a pesar de la elegancia de la última choza hecha con palos y hierbas.

El hecho de ser nómada tenía grandes inconvenientes para la familia. Los débiles eran un estorbo o no sobrevivían (ancianos, enfermos y niños). Tampoco valía cualquier zona, sólo eran factibles las que ofrecían recursos de forma suficiente, natural e inmediata para todo el grupo. La consecuencia era que la esperanza de vida era muy baja, criar retoños era difícil y, por tanto, el nomadismo influía como un efecto limitante al crecimiento de la población, que se mantuvo aproximadamente constante hasta este momento.

En resumen, nuestra familia de matones indeseables pertenecía a una especie nómada de cazadores-recolectores, que había adquirido cada vez más destreza en la confección de herramientas conforme su desarrollo intelectual iba creciendo según aumentaba el tamaño de su cerebro, probablemente muy ligado a la evolución de su alimentación. Habían desarrollado una capacidad de abstracción que hoy llamamos inteligencia, conjugada con una habilidad manual que les permitía no sólo fabricar herramientas en piedra, madera y hueso, sino también realizar verdaderas obras de arte tanto pictóricas como escultóricas.

El comienzo de esta historia se remonta a hace 7 millones de años, cuando aparecen los homínidos, diferenciados del resto de los primates, que no alcanzaron la gallardía de ser bípedos hasta hace 4 millones de años. Más tarde, gracias a sus pulgares oponibles al resto de la mano, que les permitían agarrar los objetos y tener mayor habilidad para hurgar en los alimentos y obtener así una alimentación de mayor calidad (por ejemplo, el tuétano de los huesos) hace 2,5 millones de años ya empezaron a fabricar los primeros instrumentos toscos. En este momento se había evolucionado tanto desde los primitivos homínidos, que a estos últimos descendientes los podemos ya considerar como los primeros humanos.

Un millón de años después, la flamante raza humana no sólo ha aprendido como utilizar el fuego, sino que, además, ya sabe fabricar herramientas más especializadas utilizando piedras, cuero o hueso y a partir de ahí, poco a poco, va extendiéndose más allá de su lugar de origen, África, para difundirse por Eurasia y muy recientemente, aprovechando una última racha de frío, entrar en América por el norte.

Hace 500.000 años, los humanos tenían casi la misma capacidad de hablar que el homo sapiens sapiens y en el 200.000 sus rasgos biológicos eran muy próximos a los actuales.

Hace 50.000 años hay diversos grupos de homo sapiens sapiens que empiezan a mostrar los primeros vestigios sociales, culturales e incluso artísticos: enterramientos, pinturas rupestres y objetos decorativos que, junto a la capacidad de hablar y al intercambio, les dotan de una capacidad para la actividad social que les convierte en seres especiales, capaces de acometer una evolución lenta que se conoce como la Revolución Neolítica, que se produce a partir del año 8000 adE, cuando el número de seres humanos que habitaban el planeta estaba entre seis y diez millones.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [20].    

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