martes, 18 de julio de 2017

Consecuencias económicas del dominio de los metales en el Neolítico

Imagen: Capa de oro de Mold (1900-1600 adE)
Fuente: British Museum
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La especie humana creó útiles de piedra durante al menos dos millones de años utilizando técnicas de cincelado y fraccionamiento para producir artefactos en minutos. Se construían hachas, azuelas, martillos, cuchillos y raspadores de todo tipo, con formas que cambiaron poco en todo este tiempo, que parece infinito.

Como material, la piedra tiene muchas debilidades frente al metal. Aunque se obtiene y se transforma muy fácilmente, es menos duradera que el metal y se puede moldear menos que el útil metálico, al que podemos dar casi cualquier forma. El instrumento de metal es menos frágil y por tanto tiene menos probabilidades de romperse, además si lo hiciera o se desgastara, podría ser fundido y reproducido.

Durante el Neolítico, el hombre comienza a hacer uso de los metales, primero en función de la disponibilidad de acceso natural a ellos y después mediante su obtención con técnicas específicas en cada metal. El primer proceso metalúrgico fue el martilleado de aquellos metales que encontraba en estado puro (oro, plata, cobre, hierro meteórico). Pero el oro y la plata eran demasiado blandos y escasos, así que, como no servían para nada útil, se emplearon para fabricar objetos de adorno.

La Edad de los Metales comienza con la aparición de un nuevo proceso, la fundición, que tuvo inicios muy esparcidos en el tiempo y la geografía. Las primeras evidencias de la fundición (del cobre) se encuentran en el sexto milenio adE, en Anatolia, aunque en Mesopotamia y Egipto se produce mucho después, ya en épocas históricas (después de que la escritura se hubiese inventado). El dominio del cobre, bronce y hierro se secuenciaron temporalmente, aunque hasta la llegada del hierro, los metales no empezaron a reemplazar a la piedra como elemento básico para la fabricación de útiles.

Cobre, oro y plata fueron los primeros materiales utilizados, debido a su existencia abundante en forma de pepitas de material nativo. A partir del 6500 adE se empieza a generalizar el uso de cobre martilleado en frío para la fabricación de ciertos ornamentos, como alfileres. En torno al 4000 adE ya se conocen las técnicas de extracción a partir de minerales (malaquita o calcopirita) mediante hornos de muy alta temperatura, a los que se insuflaba aire para elevar la temperatura por encima de los 1.000ºC (la temperatura de fusión del Cobre es 1.050ºC).

Sólo mil años después se empieza a producir el bronce, aleando el cobre con el estaño, éste último en una proporción que oscila entre el 3% (bronces blandos) y el 25% (bronces campaniles). A mayor proporción de estaño se obtiene mayor tenacidad, pero menor maleabilidad.

El bronce presentaba varias ventajas evidentes frente al cobre, tanto en la fabricación, como en el uso: un menor punto de fusión (en torno a los 900ºC, dependiendo de la composición), mayor dureza y más perdurabilidad frente a la oxidación o la corrosión. Y, además, sus técnicas de trabajo eran conocidas, ya que coincidían con las utilizadas para el cobre.

Pero el cobre y el estaño necesarios para fabricar el bronce no son materiales que se obtengan siempre en los lugares donde existen evidencias de la fabricación del bronce. Por tanto, esto es indicio de la existencia de rutas comerciales regulares que hacían posibles los intercambios por tierra y por mar.

Y finalmente llegó el hierro, que es el cuarto elemento más abundante de la corteza terrestre. Desde el principio era un material conocido y muy apreciado, pero sólo existía en forma de hierro meteórico y se desconocían las técnicas artificiales de su obtención. Existen unos primeros vestigios aislados de este hierro artificial en el tercer milenio, pero probablemente se obtuvieran de forma accidental, como residuo, en los hornos de fundición de cobre y bronce.

El hierro se empieza a controlar y monopolizar por los hititas hacia el 1500 adE, en Anatolia. Hay constancia de ello en tablillas cerámicas, por las que se sabe que enviaban objetos de hierro a otros pueblos como regalos diplomáticos. En esta época, el hierro era diez veces más valioso que el oro y cuarenta más que la plata. Tras el derrumbe del reino Hitita, en 1200 adE, los artesanos y por tanto el conocimiento del hierro se dispersó por todo Oriente Próximo.

El trabajo del hierro era muy distinto al del cobre y el bronce, ya que éste material no se licuaba porque su temperatura de fusión (1.500ºC) resultaba inalcanzable. Para trabajarlo se le llevaba a la incandescencia y se le martilleaba para eliminar impurezas y favorecer la absorción del carbono, en un largo y repetitivo proceso de calentamiento y martilleo, seguido de un último enfriado brusco, en agua.

Parece que la metalurgia se inventó en varios puntos del planeta y en momentos muy distintos, pero en cualquier caso, la necesidad de materias primas estimuló la exploración e incrementó el intercambio no sólo de mercancías, sino también del conocimiento.

A pesar de la importancia histórica del dominio de los metales, la innovación que estos trajeron fue exclusivamente en el campo de los nuevos materiales y los procesos involucrados para obtenerlos y transformarlos, pero no dieron lugar a nuevas invenciones. Los útiles de metal tenían como antecedentes más próximos los antiguos prototipos de piedra, a los que intentaban asemejarse. Eran pues las mismas herramientas con la misma forma —mejores, obviamente— pero hechas mediante otros procesos y a partir de otros materiales.

En lo económico, al principio, la metalurgia sólo fue una innovación relativa, pero gracias a la confluencia de ésta y otros inventos, además de la especialización y con ello la necesidad de los intercambios, se originó una complejidad social que provocó el paso de la producción doméstica neolítica (autarquía) a una serie de economías integradas (interdependientes) dirigidas por jefes estables que, aprovechando que eran jefes, ejercían la coerción para apropiarse de los excedentes de sus comunidades. Por tanto, una de las principales aportaciones de los metales fue la de potenciar el comercio y con ello cambiar el orden social.

La generalización de comunidades con estructuras altamente jerarquizadas es simultánea a la aparición de las armas metálicas, utensilios específicamente creados para la guerra. En general, la aparición de las nuevas herramientas metálicas en otros campos, especialmente la agricultura, vivió de espaldas a la mayoría de la población, que seguía utilizando la piedra, a falta de recursos económicos para obtener herramientas metálicas.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [5], [7], [10].

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sábado, 15 de julio de 2017

La cerámica, paralela al desarrollo de la humanidad

Imagen: Vasija Jomon
Fuente: British Museum
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En algún momento, alguien en un lugar concreto o lo más probable, muchos pueblos y muy dispersos, observaron como un trozo de arcilla mojada que estaba cerca del fuego se convertía en un material nuevo, resistente y duradero. A partir de ahí, el juego, la prueba, el error y el tiempo hicieron el resto.

El nacimiento de la cerámica se asocia tradicionalmente al neolítico, cuando teóricamente se empieza a fabricar debido a la necesidad de almacenar y conservar el excedente. Pero esto no es cierto, se han encontrado piezas de cerámica con 16.500 años de antigüedad, fabricadas en un momento en el que sus creadores todavía andaban dando tumbos de acá para allá, cazando y recolectando, con el consiguiente engorro que les podría suponer trasladar esas piezas frágiles de barro endurecido.

Los vestigios de vasijas más antiguos que se han encontrado son de 10.000 años después, en Japón, ya en los albores del neolítico (se trata de la imagen que ilustra este artículo) si es que pretendiéramos considerar la evolución como una sucesión lineal de fechas cerradas. La particularidad de estas vasijas japonesas es que pertenecen a una sociedad que no era agricultora, vivían de la pesca y de la recolección de frutos y otros recursos silvestres y no utilizaban estas vasijas para la conservación de alimentos sino como utensilios donde cocinar en una sociedad que basculaba entre el sedentarismo y el puro estilo cazador-recolector.

El uso de la cerámica para cocinar, allí donde se empleó, alteró la dieta, haciendo que alimentos poco o nada digeribles pudieran ser ingeridos después de su cocción. El tiempo que duró la selección de estos alimentos, la forma en que se hizo y los efectos de indigestiones cuando se fallaba en el experimento, son inimaginables.

Pero, volviendo a la novedosa necesidad que se creó a partir del neolítico, de la conservación del excedente, nos encontramos con que los primeros almacenes, excavados en el suelo, o posteriormente en cestas de mimbre, estaban a merced de humedades, insectos y roedores. Por su carácter orgánico, no hay evidencias de recipientes de mimbre, pero se cree que el tejido en mimbre es previo a la adopción generalizada de la cerámica. La ventaja de los nuevos recipientes cerámicos era que mantenían frescos los alimentos y al resguardo de todos esos ataques indeseados.

La historia de la cerámica, por tanto, es la historia misma del hombre y se encuentra presente en todas las culturas conocidas.

Más tarde, barnizar el barro no sólo servía para mejorar su aspecto, sino también para impermeabilizarlo. Surgieron así las vasijas esmaltadas de los sumerios y las ánforas decoradas de los egipcios.

En Mesopotamia, sumerios, acadios y caldeos fabricaron ladrillos polícromos para revestir los frentes de sus palacios.

En China, en el 3000 adE ya se utilizaba la cerámica con fines ornamentales, culminando con la porcelana, en el siglo II dE cuando comenzaron a utilizar el caolín.

Las viviendas típicas de las aldeas campesinas de Cercano y Medio Oriente estaban construidas con ladrillos de barro secados al sol. Desde un punto de vista meramente especulativo, la práctica de hacer ladrillos para la construcción pudo llevarles a utilizar la arcilla como material de vasijas y de ahí, pasar a la alfarería.

Tenemos aquí a un primer material con carácter universal, descubierto de forma independiente en cada cultura, que aporta utilidades que van desde el cambio en la forma de alimentarse a la conservación del excedente y que, por tanto, tiene una importancia vital en la historia de la humanidad.

Fuentes de la bibliografía: [5], [7], [8], [10], [21].

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