martes, 4 de julio de 2017

La importancia de las necesidades energéticas en el Neolítico

Imagen: sedentarismo en el Neolítico
Fuente: blogdehistoria.info
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El desarrollo de la especie humana siempre ha ido parejo a la capacidad de utilización de la energía; primero en su forma más básica, la capacidad de alimentarnos con regularidad, para dar luego paso a otras más elaboradas, como la transformación de alimentos por el calor; la capacidad de obtener más producto, cultivando más tierra; domesticando animales; haciendo las tierras más fértiles; utilizando esclavos como mano de obra (siempre que coman menos de lo que producen); mejorando las herramientas de labranza, los procesos de cultivo, o aprovechando el conocimiento del medio y alterándolo mediante nuevos sistemas de riego, por ejemplo.

Durante el Paleolítico, los humanos dependían del suministro de energía que les ofrecía la naturaleza. En términos energéticos eran otro animal más que se alimentaba de lo que estaba a su disposición, utilizándolo; aunque en su última etapa, el uso del fuego aumentó la energía disponible por el hombre en varios frentes: obtención de calor para guarecerse, posibilidad de cocinar nuevos alimentos, haciéndolos digeribles (sin entrar en las consecuencias de los ensayos de prueba y error que pudieron quedar por el camino) y como ayuda en la caza. Finalmente, el fuego también pudo ayudar al invento de la agricultura al descubrirse la utilidad de usar las cenizas como fuente de abono.

El ser humano necesita un mínimo de alimentos (léase energía) para sobrevivir. Por tanto, desde que acabó el Paleolítico y llegó el buen tiempo, el aumento de miembros en las comunidades neolíticas creó un problema eminentemente energético. Era necesario extraer más alimentos (de nuevo, léase energía) del entorno cercano cuanto mayor era la comunidad.

En el mundo actual, las principales fuentes de energía que utilizamos provienen de fuentes no renovables, como los combustibles fósiles. Son fuentes de “usar y agotar”. Cada barril de petróleo que utilizamos para calentar una granja con miles de pollos o la energía necesaria para calentar el horno y cocinarlos a todos, pollo a pollo, está perdido con vistas al futuro. Ya se apañarán las próximas generaciones para encontrar la forma de calentar sus pollos. Nosotros tenemos la suerte de haber encontrado el filón de los combustibles fósiles hace poco más de dos siglos y nos va muy bien por el momento, mientras nos dure.

En el Neolítico, sin embargo, la principal fuente de energía era la radiación solar, que es renovable, porque no se agota, pero que es proporcional a la superficie en la que incide y, por tanto, en ausencia de técnicas de transformación y transporte, acotaba su uso a la capacidad de dominar el entorno cercano y los convertidores intermedios que había en él y que hacían que esa energía primaria (radiación solar) se convirtiera en energía útil (alimentos).

Desde el punto de vista de la cadena trófica humana, los convertidores energéticos intermedios son, sucesivamente, las plantas que necesitan del Sol para la fotosíntesis, los animales herbívoros que se comen a las plantas y los carnívoros, que comen a los herbívoros. Por término medio, en cado paso de la cadena se aprovecha sólo el 10% de la energía consumida. Por ello, un animal carnívoro necesita explotar 10 veces más superficie que uno herbívoro.

Explicaré lo anterior con un ejemplo muy simplificado. Yo, como humano neolítico en ciernes puedo elegir entre las siguientes opciones para alimentarme: resignarme a comer sólo hierba, comer corderos (herbívoros) o comer lobos (carnívoros). Si me conformo con comer sólo hierba necesitaré una superficie, la que sea. Sin embargo, si decido comer corderos, tendré que dominar diez superficies y si al final decido que mi alimentación se base en comer lobos, necesitaré tener bajo control cien superficies. Por tanto, siendo sensatos, dado que comer corderos y comer lobos me aporta los mismos tipos de nutrientes, parece más sencillo optar por los primeros que, además, son más fáciles de manejar y me ofrecen la confianza de que no van a querer comerme, como yo a ellos. Si al final decido que mi alimentación sea mixta, comiendo hierba y carne, es mejor elegir al cordero, que sólo necesita aumentar en nueve superficies mi espacio vital, que si elijo al lobo, que me exigirá aumentarlo en noventa y nueve. Además, con lo que voy aprendiendo en la agricultura acerca del enriquecimiento de las cosechas con el abono por estiércol, mientras más confinados estén los animales domesticados, mejor podré aprovechar sus excrementos. Es sólo una cuestión de sentido común elegir la opción más económica y lanzarse directamente a criar herbívoros y comer hierbas hasta alcanzar una dieta lo más equilibrada posible.

Durante el Neolítico, el cambio energético que se produce en cada uno de sus cinco focos geográficos mediante la domesticación combinada de animales y plantas tiene características comunes. Se basa en un cereal principal como fuente de hidratos de carbono, una o varias legumbres que proporcionan minerales y proteínas y uno o varios animales que suministran más proteínas, fuerza de trabajo y abono.

Conforme algunas comunidades cazadoras-recolectoras fueron creciendo en tamaño, se vieron ante la necesidad de explotar mayores superficies, no siempre disponibles, o hacer que los pasos intermedios de la cadena fuesen más eficientes, produciendo más vegetales por unidad de superficie con técnicas agrícolas y concentrando animales herbívoros u omnívoros mediante la domesticación.

El número de especies animales aptas para la domesticación era escaso y dependía de la zona. Como hemos visto, por razones económicas debían ser omnívoros o herbívoros, de buen tamaño, pero no excesivo, no violentos y capaces de reproducirse en cautividad. Por ejemplo, no valen leones, rinocerontes o elefantes para crear una granja.

En cuanto a las plantas, alguna de sus partes debía ser comestible (frutos, semillas u hojas) no leñosas y fáciles de cultivar y conservar, lo cual favorecía la elección de las que se reproducían por semillas. Con estos criterios, son idóneos los cereales por su facilidad de conservación y algunos tubérculos, por no requerir almacenamiento.

Mientras tanto, las comunidades cazadoras-recolectoras disfrutaban de una dieta abundante y rica, probablemente su esperanza de vida fuera mayor que la de los nuevos agricultores y tenían que trabajar menos para garantizar su subsistencia. Además, en el caso de los agricultores, la convivencia con los animales domesticados transmitió nuevas enfermedades a los humanos (sarampión, tuberculosis y viruela por el vacuno; gripe y tosferina por cerdos; malaria por aves). Entonces, ¿por qué adoptar una nueva de forma de vida que te hace trabajar más, te aporta una dieta más pobre y te expone a nuevas enfermedades y a epidemias?. ¿Por qué afrontar la maldición bíblica y salir de la vida plácida del Paraíso Terrenal en el que vivía el cazador-recolector para tener que ganarse el pan con el sudor de la frente del agricultor y el ganadero?.

La respuesta a lo anterior radica en la prevalencia de los intereses del grupo frente a los del individuo. Las sociedades que, poco a poco, fueron cambiando sus hábitos y se fueron adaptando al nuevo estilo de vida lo hicieron porque así tenían mayor potencial de crecimiento demográfico al obtener más energía por hectárea trabajada (mayor eficiencia energética) aunque para ello tuvieran que trabajar más.

La vida sedentaria reducía los riesgos para las crías, hacía posible un sistema colectivo de crianza, favorecía la especialización y permitía que una parte de la población abandonara las preocupaciones de la búsqueda de alimentos para especializarse en la guerra, en la organización de tareas colectivas o en la fabricación de útiles, armas o sistemas de almacenamiento (guerreros, sacerdotes y artesanos).

Poco a poco, las comunidades más numerosas, más especializadas, mejor organizadas y armadas fueron imponiéndose a los ganaderos puros, los agricultores itinerantes y los cazadores-recolectores, expulsándolos de las mejores tierras, haciendo válida la hipótesis de que las dotaciones de factores naturales no son suficientes para la prosperidad y que al final, dominan las sociedades que tiene el mejor nivel técnico y mayor grado de desarrollo económico.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [12].

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