domingo, 1 de octubre de 2017

Comercio o guerra: dos alternativas de crecimiento en el Mundo Antiguo

Imagen: Diógenes y Alejandro. Fuente: wikipedia
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Los restos de murallas hallados en torno a las primeras ciudades-estado demuestran que existieron necesidades defensivas desde que la humanidad comenzó a organizarse en comunidades relativamente grandes y complejas. Pero, posiblemente, no todos los que tenían murallas eran pueblos pacíficos que se defendían pacientemente ante el ataque pertinaz de otros malos de la época. Quizá estas ciudades con murallas, unas veces atacaban y otras se defendían.

Atacar y defenderse se convirtió en un ejercicio normal según acababa el Neolítico y avanzaba el Mundo Antiguo. Con la creación de las primeras ciudades-estado, las guerras se hicieron más frecuentes y cada vez más sofisticadas, porque en vez de atacarse a pedradas, como antes, ahora lo hacían a espadazos, y con ello, resultaban más sanguinarias.

El elemento común a las ciudades-estado eran las murallas defensivas del asentamiento principal. Fuera de las murallas, pero bajo el control de la comunidad, existía un territorio abierto donde estaban las explotaciones agrarias, necesarias para alimentar a la población —los historiadores llaman hinterland a esta porción de terreno que constituía la esfera natural de influencia del asentamiento—.

No todas estas primeras estructuras sociales complejas eran igual de ambiciosas ni funcionaban bajo el mismo patrón. La organización política de las primeras grandes comunidades se presentaba bajo dos formas distintas: los imperios y las ciudades-estado. Los primeros, los imperios, solían ser sociedades absolutistas con el poder ejercido por dinastías hereditarias que organizaban y regulaban toda la actividad económica, apoyadas por grupos de presión reducidos y estables. Las segundas, las ciudades-estado, gozaban de mayor pluralidad decisoria e incluso de una cierta organización democrática en la toma de decisiones sobre construcción de obras públicas y gastos militares; en estas últimas, la actividad comercial era mayor y en ellas —al menos, al principio— el control no solía estar en los terratenientes, sino en los comerciantes.

Tanto las ciudades-estado como los imperios trataban de asegurar su subsistencia y su crecimiento, aunque mediante dos estrategias diferentes frente a sus vecinos: solían optar entre las relaciones comerciales o la conquista. Siempre se daba una mezcla de ambas, pero mientras que en los imperios predominó el uso de la fuerza militar, los pilares del crecimiento de las ciudades-estado fueron la diplomacia y el comercio.

En cualquier caso, la fuerza militar era imprescindible, tanto para evitar la invasión como para realizar conquistas, que entonces era la forma principal de aumento de riqueza, con el propósito de obtener el botín de guerra y nuevas tierras o cautivos, que aumentaban la mano de obra disponible. Una diferencia importante entre unas sociedades y otras era que, en los imperios, estas conquistas enriquecían a la dinastía gobernante y en las ciudades-estado el botín se repartía algo más.

Con la aparición de las ciudades-estado creció el comercio exterior, fundamentalmente para satisfacer las crecientes necesidades de material militar –como barcos o armas–, también de obras públicas, de consumo suntuario de las clases dirigentes y de los gastos rituales y religiosos necesarios para mantener la cohesión social en torno a sus dioses y sus ritos. Dada la creciente importancia de las manufacturas, el comercio exterior de alimentos y materias primas, especialmente de los sectores secundario y terciario, también creció, para poder atender a la demanda de los artesanos, escribanos y artistas que trabajaban para el mercado que se empezaba a fraguar.

Las primeras ciudades-estado siguieron la estrategia de la violencia: saqueando a sus vecinos u obligándoles a pagar tributos, obtenían los recursos necesarios para seguir financiando sus ejércitos, lo cual obligó a estos vecinos a seguir la misma estrategia de armarse y crear sus propios ejércitos, con el fin de defenderse frente al pillaje o para evitar los tributos que se les imponían. No puede decirse que esa fuera una época de buenas vecindades.

Fue en Fenicia, en el siglo XI adE, donde aparecen las primeras sociedades que siguieron una estrategia inequívocamente comercial, después surgieron ciudades-estado similares en Grecia. Estas ciudades necesitaban poder militar para financiar la defensa de su territorio, pero no buscaban la conquista para conseguir botines o tributos, sino que lo financiaron mediante el fomento de la producción, el comercio y alianzas, con cuyos beneficios pagaban la defensa de sus ciudades. En estas sociedades, la diplomacia y el comercio fueron dos actividades paralelas.

En el gobierno interior, las ciudades-estado establecieron instituciones políticas para asegurar la coordinación de las decisiones económicas y políticas y mantener la estabilidad social interna. El tamaño de su territorio era limitado y constaba del recinto amurallado y su hinterland. Para mantener la cohesión social, los ciudadanos fueron convertidos en propietarios de tierras o en artesanos libres, aunque con una participación política muy secundaria. Cómo no, también existían los esclavos, sin derechos personales, pero muy necesarios para la sostenibilidad económica.

Una ventaja de aquellas ciudades que optaron por la cooperación, fue que los recursos obtenidos por el comercio les permitieron adquirir las mejores armas disponibles allí donde se producían –barcos, artillería, máquinas de sitio–. También podían contratar ejércitos mercenarios cuando los necesitaban.

La diferencia en la forma de utilizar la milicia y los ejércitos determinó las estrategias militares. Las ciudades griegas, con ejércitos temporales formados por ciudadanos corrientes, plantaban batallas campales para ganar rápidamente la guerra. Sin embargo, los imperios optaban por guerras largas con batallas permanentes, porque mantenían ejércitos estables formados por soldados profesionales. Los ciudadanos griegos —y más tarde los romanos en la época de la República— eran reclutados para las guerras, formando parte de la milicia. No eran soldados profesionales y querían acabar pronto para volver a sus hogares y labrar sus tierras. A su vez, para los que financiaban los conflictos, mientras más rápida fuera la guerra, más barato saldría la contratación de ejércitos mercenarios. Los griegos desarrollaron estrategias que les permitieron ganar rápidamente batallas decisivas —frente a los persas, por ejemplo— destruyendo ejércitos enteros sin apenas bajas propias.

Desde el tercer milenio adE, las ciudades estado y los imperios compitieron entre sí como modelos políticos en la organización de las economías agrarias. Las ciudades-estado que optaron por la estrategia comercial y las alianzas, consiguieron ser más ricas y más poderosas militarmente que los imperios. No obstante, una vez que las ciudades comerciales acumularon poderío militar, no tardaron en ejercerlo contra los vecinos más débiles y comenzaron a construir sus propios imperios. Tanto Atenas, como luego Roma, ampliaron sus dominios hasta crear sendos imperios, poniendo su poder comercial al servicio de los intereses de los militares profesionales, que acabaron gobernando. Pero estos imperios fueron desintegrándose cuando los gastos necesarios para financiar su mantenimiento militar o burocrático acabaron por desplazar a las inversiones productivas.

La transformación de ciudades-estado en imperios se aprovechó de nuevos inventos, como las armaduras, nuevos tipos de barcos o las calzadas. También favoreció las innovaciones: destacando la ballesta, el arco largo, avances en la arquitectura defensiva o mejoras en la construcción de barcos.
El transporte y las comunicaciones a largas distancias eran cruciales para la viabilidad de los imperios. Hay quien sostiene que el colapso del imperio romano se debió, en buena parte, a la imposibilidad de seguir manteniendo y defendiendo las calzadas romanas.

También fueron relevantes las innovaciones organizativas, porque la administración y la contabilidad eran esenciales para los imperios. El imperio chino y el romano hicieron censos de población para consolidar su control político y, sobre todo, para evaluar los recursos militares y fiscales que podían obtener de sus territorios. Los censos trajeron otra innovación: los apellidos, que se añadían al nombre de pila –sucedió por primera vez entre la población china en el siglo IV adE–. 
Las ciudades griegas expandieron su modelo político por el Mediterráneo, creando las colonias griegas. Eran de pequeñas dimensiones, porque el tamaño de la población estaba restringido por la escasa disponibilidad de recursos agrarios de las zonas circundantes a la ciudad. Así se expandieron por el Mediterráneo: fundamentalmente el sur de Italia, Sicilia y el norte de África. Territorios que luego fueron sometidos por Roma.

Alejandro Magno expandió el imperio de Macedonia para incluir en él al resto de las ciudades griegas, gran parte del imperio persa hasta la India y el imperio egipcio. Con el imperio macedonio acabó la era de las ciudades-estado griegas independientes. El imperio se desintegró tras su muerte –en 323 adE– y su legado consistió en la difusión de la cultura griega por el mundo mediterráneo. El griego se convirtió en la lengua oficial del Imperio y las matemáticas, las ciencias, la medicina y la filosofía griega florecieron en sus ciudades, destacando el caso de Alejandría, en Egipto.

A la muerte de Alejandro, la República de Roma controlaba unos pequeños territorios en la costa occidental de la península de Italia. En los tres siglos siguientes, Roma desarrolló un gran imperio que acabó abarcando de España a Siria y desde el Rin hasta Egipto. Como en el dominio macedonio, el centro cultural del imperio romano también se hallaba en las provincias orientales, en las ciudades más helenizadas, como Alejandría y Antioquía, en las cuales, los griegos siguieron desarrollando la ciencia y la filosofía. Aquí y en los enclaves griegos del sur de Italia se produjo la fusión entre la cultura griega y la romana, que aún pervive en nuestros días.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [11], [12].

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