sábado, 14 de octubre de 2017

Las tres formas de sociedades en el Mundo Antiguo



Imagen: Pasargada, la tumba de Ciro.
Fuente, Mohammad Reza Domiri Ganji, CC, en Wikipedia
    
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Antes de la aparición de las grandes civilizaciones, la estructura social de las aldeas agrícolas del Neolítico era sencilla y se regía por la tradición con un vago concepto de la propiedad. Es posible que utensilios, armas y adornos se reconocieran como propiedad privada, pero la tierra o el ganado se considerarían colectivos. Podría haber individuos que gozaran de una situación especial por su sabiduría, fuerza o vaya usted a saber, pero no parece que hubiera clases privilegiadas u ociosas y todos tendrían la obligación de trabajar.

No está claro cómo, pero todo cambió cuando las primeras ciudades-templo de Sumer tuvieron una estructura social jerárquica. En ellas, el 90% de la población eran siervos o esclavos sin ningún derecho, ni siquiera el de la propiedad. La tierra pertenecía a la deidad local (el templo) que era administrada por sus representantes temporales, los sacerdotes. Paulatinamente, a esta imposición religiosa se añadió un nuevo poder, el militar, ostentado por jefes o reyes guerreros. En esta nueva época, ni la clase sacerdotal ni la guerrera se ocupaban de las tareas productivas. Es posible que la diferenciación social y la organización política formal tuviera una raíz tribal o étnica y que, por ejemplo, los que organizaron la primeras ciudades-estado en Sumer fueran conquistadores extranjeros que se impusieron a las poblaciones neolíticas preexistentes.

En el mundo antiguo se suceden las innovaciones técnicas y el florecimiento de culturas, basadas sobre todo en la religión, pero también unidas a inventos como la escritura, la astronomía, la geometría o diversas formas de organización política, administrativa o la contabilidad. En esta época, las relaciones entre los pueblos oscilaban entre el intercambio pacífico de bienes y de ideas y las situaciones de conflicto basadas en guerras y conquistas, en el entorno de una especialización regional cada vez mayor que exigió el desarrollo de la navegación, el comercio, la moneda y el empleo de la escritura en los negocios.

El primer milenio adE contempló la aparición de tres órdenes universales. El primero fue económico, el orden monetario. El segundo fue político, el orden imperial. El tercero fue religioso, el orden de las religiones universales. Comerciantes, conquistadores y profetas consiguieron evolucionar la humanidad desde puntos de vista diferentes. Todos ellos intentaron establecer un orden que fuera aplicable en cualquier parte y que, por supuesto, les favoreciera.

En esta evolución de la técnica y de las ideas, en el mundo antiguo convivieron tres modelos de organización social y económica que tuvieron una gran transcendencia durante muchos siglos: los grandes imperios territoriales, las ciudades-estado con fuerte vocación comercial y los pueblos nómadas que rodeaban a las sociedades agrarias con las que mantenían relaciones complejas.

Las civilizaciones comerciales

El comercio surgió, en primer lugar, por las diferentes dotaciones naturales entre las diferentes regiones, básicamente metales y cultivos, que crearon excedentes y especialización de la producción artesanal de tejidos, tintes, metalurgia, cerámica, o navegación, por ejemplo. El uso de la moneda y las mejoras en los transportes mediante la domesticación de los animales de carga o las nuevas técnicas de navegación de vela que surgieron en Egipto en el segundo milenio adE, vinieron a poner el resto.

En este entorno, los agentes que favorecieron la expansión del comercio fueron tanto los pueblos costeros como los pastores nómadas que rodeaban a las civilizaciones agrarias.

En el Mediterráneo, a partir de fines del segundo milenio destacaron los fenicios, agrupados en las ciudades estado de Biblos, Tiro y Sidón, que se especializaron en la fabricación de metales y del tinte púrpura, y que desarrollaron artesanías textiles y de vidrio. Construyeron navíos con el cedro de sus bosques, que interconectaron todo el Mediterráneo oriental para comerciar tanto con sus productos como con con el cereal de Egipto. Fundaron colonias en el norte de África, en Cartago; Sicilia, Cerdeña y el sur de la Península Ibérica, llegando a navegar incluso en el Atlántico para conseguir el estaño británico, necesario para la fabricación del bronce. Era gente práctica y una de sus mayores aportaciones fue el desarrollo del primer alfabeto fonémico, que simplificaba bastante los anteriores, al reducir el número de caracteres y que asociaba lo que se escribía con cómo se pronunciaba. Las ciudades fenicias fueron conquistadas por los asirios en el siglo VII adE y Cartago, la principal colonia que fundaron, heredó su primacía hasta que fue derrotada por Roma en las guerras púnicas, en el siglo tercero, cuatrocientos años después.

La Grecia antigua se basaba en una economía cerealista, completada con la vid y el olivo, explotada con mano de obra esclava. Su difícil geografía y escaso territorio les obligó a especializarse en actividades comerciales y de transporte marítimo para expandirse económicamente en ciudades estado independientes, las polis, constituidas como tiranías o como repúblicas de ciudadanos libres, que eran una minoría que gobernaba a la mayoría, que eran esclavos. La población de las polis estaba compuesta por artesanos, tanto libres como esclavos; comerciantes, dueños de tierras y mucho esclavo doméstico. El crecimiento demográfico impulsó que entre el siglo VIII y el VI adE hubiera una extensa colonización helénica, principalmente en el norte de la cuenca mediterránea, con un fuerte sentimiento de comunidad basado en su lengua y su cultura.

Las guerras eran frecuentes en el mundo griego, tanto contra extranjeros como entre ellos mismos. En las Guerras Médicas, la flota persa fue derrotada por Atenas en Salamina en el 480 adE y al año siguiente, los espartanos derrotaron a su ejército de tierra, en Platea. Derrotados los persas, Atenas vivió un período de paz y prosperidad económica que finalizó cincuenta años más tarde, cuando ella y Esparta se enzarzaron en las Guerras del Peloponeso, que se prolongaron durante treinta años y que concluyeron con la aplastante derrota de Atenas y la disolución de su liga naval. Cien años más tarde, el imperio macedonio de Alejandro Magno, acabó con la era de las ciudades griegas independientes a partir del año 336 adE.

Los pueblos nómadas

Estas culturas fueron bautizadas como «bárbaras» por los griegos, que en su idioma significa extranjero.

A veces se trataba de pequeñas tribus itinerantes cazadoras-recolectoras y otras de extensas hordas de pastores nómadas que vendían sus excedentes a los pueblos agrícolas sedentarios. En cualquier caso, su organización social era primitiva pero igualitaria; al fin y al cabo, la riqueza de alguien consistía sólo en aquello que podía transportar. Ignoraban la escritura y sólo incorporaban las innovaciones técnicas que se adaptaban a su modo de vida. La dureza de la vida nómada y su conocimiento del caballo hacía de ellos guerreros temibles.

Su relación con las civilizaciones agrarias fue dispar. Unas veces fueron asimilados por ellas y se convirtieron de ganaderos a agricultores, como los hititas, en Asia Menor; otras fueron atacados por los grandes imperios y convertidos en esclavos, o bien se mantuvo una convivencia pacífica, basada en el comercio e incluso fueron utilizados como aliados en conflictos con otras civilizaciones. Cuando los rigores del clima afectaban a su subsistencia, las distintas tribus se organizaban en hordas que llegaron a invadir las grandes civilizaciones antiguas.

El ejemplo más conocido de estas culturas es el de los xiongnu, disperso por la estepa euroasiática entre los siglos III adE y IV dE, que amenazó las fronteras chinas y del que una parte, los hunos, una vez rechazados allí, volvieron sus miras hacia occidente y llegaron a alcanzar al imperio romano, con Atila al mando, en el siglo V dE.

Los imperios territoriales

Son las culturas mejor conocidas, por existir un mayor número de testimonios, tanto en sus escritos como en los restos arqueológicos. Babilonia, Egipto, Asiria y Persia florecieron desde el tercer mileno, pero el colofón se logró más tarde con dos imperios simultáneos de dimensiones y características parecidas, tanto en occidente como en oriente: Roma y China, que afortunadamente, estaban lo suficientemente lejos entre ellas como para no poderse atacar mutuamente.

A medida que las ciudades-estado se expandieron y empezaron a aproximarse unas a otras, surgieron disputas por los derechos de riego, pero los mayores conflictos no vinieron por asuntillos económicos entre vecinos, sino por el ansia de poder de algunos dirigentes, a los que les encantaba que les llamaran “grandes”.

El primer imperio del que tenemos información fue el Imperio acadio de Sargón el Grande (hacia 2350 adE) que inició su carrera en la ciudad-estado de Kish, en Mesopotamia y que en pocas décadas se extendió desde el golfo Pérsico hasta el Mediterráneo, incluyendo lo que en la actualidad es Irak y Siria junto a algunas zonas de Irán y Turquía. Mucho más tarde, hacia el 550 adE, apareció Ciro el Grande de Persia, que se vanagloriaba de reinar sobre todo el mundo y que cuando llegaba a un nuevo territorio, para calmar los ánimos, decía: «os conquistamos por vuestro propio beneficio». Esta nueva visión imperial de Ciro y los persas, de ver la conquista como una obra piadosa, pasó a Alejandro Magno, y de éste a los reyes ptolemaicos, los emperadores romanos, los califas musulmanes, las potencias europeas con sus colonias e incluso a los premieres soviéticos y los presidentes estadounidenses.

Los imperios disfrutaron de los grandes avances tecnológicos previos a ellos: cultivos, animales domésticos, tejidos, cerámica, metalurgia, arquitectura monumental, rueda, barcos de vela, etc.; en este sentido, aportaron poco al desarrollo de inventos disruptivos, sin embargo contribuyeron mediante mejoras técnicas de carácter menor, sobre todo en la agricultura, donde se mejoró la organización de las grandes fincas de regadío y se desarrolló la técnica del cultivo en seco y el barbecho para las zonas de África y el sur de España. Como ejemplo de esto, en la biblioteca de Alejandría había cincuenta obras dedicadas exclusivamente al arte de cocer el pan.

A pesar de que la tecnología quedara casi estancada, los logros económicos de los imperios de la Antigüedad fueron considerables. Las expediciones comerciales y de conquista difundieron la tecnología y aportaron nuevos recursos. La formulación explícita de las leyes civiles contribuyó a suavizar el funcionamiento de la economía y la sociedad, y a establecer la ley y el orden en áreas cada vez mayores, lo que facilitó el aumento del comercio y con ello, la especialización regional y la división del trabajo.

El Imperio Romano, en torno al Mediterráneo y el Imperio Han, en China tuvieron características muy parecidas: tamaño similar, entre 40 y 60 millones de habitantes; misma base económica, la agricultura y el uso de su potencia militar para abarcar territorios amplios. Sin embargo, mientras Roma basó su expansión en el eje marítimo del Mare Nostrum, la expansión China fue continental, aunque con sus principales centros económicos situados en el entorno fluvial del norte del curso del río Amarillo.

Pero los imperios, uno tras otro, acabaron desintegrándose, quizá porque la dinámica política los obligaba a extenderse más allá de lo que les permitía su capacidad económica, con lo que los recursos necesarios para financiar los gastos de defensa de sus fronteras, desplazaban a las inversiones productivas, erosionando la producción y el comercio, que originalmente había sido la base de su poder militar.

Curiosamente, el origen de la decadencia de los imperios, ya por aquel entonces, fue que el excesivo gasto público acabó expulsando a la inversión productiva y provocando primero la decadencia económica y, consiguientemente, la militar. Como conclusión, creo que viene al caso recordar la cita de Mark Twain, cuando dijo que: «la historia no se repite, pero rima».

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [8], [11], [12].

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