viernes, 6 de octubre de 2017

Los orígenes del dinero

Imagen: moneda de Creso. Fuente, British Museum
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En las sociedades más primitivas se vive en una economía de trueque, en las que no existe un medio de cambio comúnmente aceptado y una cosa se intercambia por otra cosa. Esto frena la especialización y por tanto el progreso, porque dificulta la redistribución por intercambio de las cosas entre ellas –cosas por cosas– y especialmente de las cosas por servicios o más difícil aún, de unos servicios por otros. El trueque frena el intercambio de servicios, que constituyen el sector terciario, el cual es una medida del avance de las sociedades. 

Si viviéramos en una sociedad antigua cuya economía se rigiera por el trueque, haría falta que se nos ocurriera algo para posibilitar el paso del trueque básico a un intercambio más sofisticado que permitiera, por ejemplo, que tú que te has especializado en criar ganado; yo, que soy un artesano que trabaja el metal y otros vecinos, que cultivan cereal o incluso prestan servicios religiosos, conviviéramos juntos en una sociedad mínima y nos aprovechásemos todos: yo comiendo la carne que tú produces, el agricultor utilizando mis herramientas metálicas para arar, tú consumiendo los cereales del agricultor y quizá un cuarto vecino, que con las pieles de tus reses y la ayuda de mis objetos, trabajase el cuero. Luego utilizaríamos al chamán, al que pagaríamos para que bendijera tu ganado y las cosechas, o al fuerte y peleón, que aunque nos caiga mal, vamos a necesitar porque no nos fiamos de nuestros vecinos.

¡Se nos tendría que ocurrir algo!, ¿no estás de acuerdo?. Si no te parece mal, para poder avanzar en la idea y que el nuevo invento cobre forma, vamos a ponerle un nombre y le vamos a llamar «dinero».

El primer paso en la aparición del dinero es el llamado dinero mercancía, utilizando al principio, para ello, desde el ganado hasta la sal. En este régimen económico utilizaremos como medio de pago bienes que, en sí mismos, tienen valor intrínseco. El dinero mercancía tiene el mismo valor como unidad monetaria que como mercancía. Si tú me pagas en camellos, o yo a ti en cabras, tus cabras y mis camellos valdrán tanto para su uso (transporte, leche, carne) como para su posterior intercambio por otros bienes (alfombras, joyas, armas) que se convertirán a su vez en dinero mercancía.

La estandarización del dinero mercancía como medio aceptado en el pago exige que éste cumpla un requisito mínimo: que se compre y se venda como un bien ordinario, es decir, que el nivel de su consumo aumente cuando su precio baje y viceversa. Además, si queremos que este tipo de dinero «triunfe» en el mercado, tenemos que exigirle unos cuantos requisitos adicionales.

En primer lugar, tiene que ser duradero; nadie en su sano juicio va a aceptar como medio de pago algo que sea perecedero y se deteriore con el paso del tiempo: ¡Por favor, no intentes pagarme con carne de res muerta, la prefiero viva y sana!.

Además, debe ser transportable, si alguien necesita mover grandes cantidades de dinero, la relación entre su valor y su peso debe ser alta, para que merezca la pena desde un punto de vista económico. Por ejemplo, la res viva tiene la ventaja de que se mueve sola y no la tengo que cargar, muerta, sobre otros animales.

Es mucho mejor si es divisible, porque al poderlo fraccionar va a facilitar los pagos pequeños. ¡Te aceptaría la alfombra de buen gusto, pero prefiero 10 cabras, porque nadie va a aceptar como pago pequeño un trozo de alfombra y siempre puedo pagar cabra a cabra!.

Es imprescindible que sea homogéneo, para que una unidad de mi dinero mercancía sea comparable a una unidad del tuyo. Aunque esto sólo es necesario en una relación «aquí y ahora», ya que yo puedo aceptar aquí tus alfombras a cambio de mis cabras, para llevar las alfombras donde valgan más y las cabras sean menos valiosas que lo son aquí, al menos en comparación. En eso consiste mi aportación de valor, muevo cosas desde donde valen menos a donde valen más: ¡Llámame comerciante!, pero reconoce que te vengo bien para mover tus alfombras y traerte cabras.

Convenientemente, el dinero mercancía debe tener unas expectativas de oferta limitada, porque de no ser así, este dinero, de un día para otro, dejaría de tener valor. ¡No me pagues en trigo después de una mala cosecha si la próxima se espera buena y el trigo hoy es escaso y caro, pero mañana será abundante y barato!.

Todo lo anterior nos lleva a considerar como una posibilidad los metales preciosos, especialmente oro y plata; duraderos, transportables, almacenables, divisibles, escasos, y sobre todo inútiles para otra cosa que no sea el comercio o el lujo, aunque pueden plantear cierta dificultad en la capacidad de contrastación de su calidad.

Para facilitar los intercambios realizados a cambio de metales preciosos, especialmente los pequeños intercambios, era necesario solucionar los inconvenientes de comprobación de pureza y peso en cada operación. Imagina que cada vez que intercambiaras tres cabras por diez monedas, tuvieras que sacar la balanza para pesar las monedas y además, hacer un cálculo sobre la calidad de la aleación con la que están hechas. Para ello surgió la invención de la acuñación de monedas, con la cual, una autoridad considerada competente, estampaba su sello como garantía del peso y la calidad de la moneda usada.

La siguiente evolución del dinero es el llamado dinero fiduciario o dinero signo, que reúne todas las características que le pedíamos al dinero mercancía, salvo su valor intrínseco, que es nulo. En este caso, el valor de la cosa reside en el valor que otorguemos a la palabra de la persona que lo emite. Sencillamente, lo que tienes entre las manos tiene muy poco o ningún valor como mercancía y lo adquiere sólo en función de la fe que tengas en lo que dice de él aquel que lo emitió –y responde por ello– en una tabla de arcilla, un trozo de papel o una moneda hecha a partir de una aleación de metal de escaso valor.

El uso monetario de los metales preciosos se puede rastrear desde el tercer milenio adE en Mesopotamia y Egipto (donde se utilizaban como lingotes al peso) pero las monedas no hacen su aparición hasta el siglo séptimo y ya en el 250 adE las monedas de oro, plata y bronce eran la forma más extendida del dinero.

En Mesopotamia, sabemos a través de las tabletas de arcilla que se conservan, que la plata era utilizada como dinero. Algunos códigos identifican al rey como la autoridad para fijar los pesos regulados, establecer multas dinerarias por infringir daño a otra persona –como por ejemplo, morderle la nariz o darle una bofetada– o fijar los tipos de interés –el veinte por ciento en el Código de Hammurabi– o el tipo de cambio plata-grano, si el pagador no disponía de plata.

Tanto en Mesopotamia como en Egipto, la práctica monetaria estaba restringida a las élites, por lo que no puede considerarse representativa de la vida del pueblo llano.

Es muy probable que el comercio a larga distancia favoreciera significativamente el uso de los metales preciosos como dinero. Frente a otros bienes admitidos en el intercambio, estos tienen la ventaja de que no se deterioran y su disponibilidad no está sometida a fluctuaciones –como, por ejemplo, en el caso del grano que veíamos antes–.

Hacia el 550 adE, en Lidia, un reino situado al oeste de Turquía, en Anatolia, el rey Creso acuñó las primeras monedas con el oro que según la leyenda obtenía del río Pactolo, famoso por que una figura legendaria, el rey Midas de Frigia, lo había convertido en un río aurífero con sólo darse un baño en él.

Hasta la acuñación de estas monedas, se venían utilizando piezas fabricadas a partir de electro, que eran aleaciones naturales de oro y plata; pero comprobar la pureza de estas aleaciones era una tarea engorrosa. Los lidios solucionaron este problema, primero mejorando la técnica de purificación del oro y luego, dando la mejor respuesta imaginable para la economía del momento: que el Estado acuñara las monedas con metal puro y peso constante, haciendo así que la moneda tuviera un valor fiable y se pudiera aceptar sin necesidad de comprobación alguna. El nuevo método lidio de acuñación transfería la responsabilidad de comprobar la pureza y el peso de la moneda del comerciante al gobernante, lo cual hizo a Sardes, capital de Lidia, un lugar atractivo donde hacer negocios fáciles y rápidos y a Creso el rey más rico de su época.

El mérito de Creso consistió en dar fiabilidad a la pureza y peso de sus monedas. Ahora, la gente podía confiar en ellas, más allá de sus fronteras. Con esto se generó el patrón oro, que perduró hasta los acuerdos de Bretton Woods, dos mil quinientos años más tarde y apareció una nueva e importantísima fuerza que hoy llamamos “el poder financiero”.

Fuentes de la bibliografía: [4], [10], [11], [12], [21], [22].

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