domingo, 5 de noviembre de 2017

Reyes agrarios y reyes mercaderes tras la fundación de Roma


Imagen: Luperca, la loba capitolina. Fuente: ABC
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Cuando fue derrocada la Monarquía e instituida la República, allá por el año 500 adE, el territorio de Roma abarcaba unos cinco mil kilómetros cuadrados, que es aproximadamente la extensión actual de la provincia de Logroño, en España (para hacernos una idea de su pequeñez, consideremos que, de las cincuenta provincias que forman España, Logroño ocupa el número cuarenta y tres en cuanto a extensión). Sin embargo, trescientos años más tarde, ya en plena República, Roma dominaba sobre más de tres millones de kilómetros cuadrados, que suponen diez veces la superficie de la Italia actual, o cinco veces la península ibérica u ocho veces California. Luego siguió creciendo, pero eso es otra historia que contaremos en el siguiente episodio.

Para entender como sucedió esta expansión elefantiásica, hoy hablaremos de una etapa previa, en la que, en la sociedad y la economía romana se fue gestando ese gran salto, seguro que sin ser consciente de la que iba a liar; pero que sucedió, sencillamente, porque los romanos eran gente seria y organizada, que se tomaba las cosas muy a pecho. Lo cierto es que, mientras Alejandro asustaba al mundo con sus hazañas efímeras, en el siglo IV, un pueblucho de chozas de barro a orillas del río Tíber, se preparaba para ser el protagonista que probablemente más nombres y gestas ha aportado a la historia, y pingües beneficios a la reciente industria del cine y la purpurina.

Roma fue fundada en el siglo VIII y durante el siglo y medio siguientes, no pasó de ser una comunidad de agricultores y ganaderos paletos que ejercían simultáneamente de campesinos y soldados temporeros, organizados en asambleas donde se escogía al rey de turno, que actuaba a la vez como sumo sacerdote, general y juez, pero sin apenas distinción respecto al resto de ciudadanos de la comunidad. Era la época de los reyes agrarios, todos de origen latino y sabino, y de los comicios curiados, llamados así porque se organizaban por curias, que significa “barrio”, en latín. Esta organización se mantuvo hasta aproximadamente el año 600 adE, cuando murió Anco Marcio, último rey agrario, de origen sabino. Hasta este momento, los reyes fueron pastores o labradores, más sacerdotes que otra cosa, que daban poca importancia al comercio, a la industria y a la política.

Durante esta época, Roma se estructuraba en torno a tres tribus: latinos, sabinos y etruscos. A su vez, cada tribu se organizaba en diez curias, o barrios.

Las treinta curias venían a reunirse dos veces al año en el comicio curiado, o también, cuando había que elegir un nuevo rey. Siempre decidían por mayoría, con igualdad de voto de cada una de las curias y sin tener en cuenta las clases sociales.

Con el tiempo, según se fueron intensificando y sistematizando las peleas con los vecinos, hubo que dimensionar el ejército de una manera acorde al poder político de cada clan. Para ello, basándose en la estructura existente de treinta curias, cada una de ellas estaba obligada aportar una centuria (cien infantes pertrechados) y una decuria (diez jinetes con sus caballos). Esto formaba el cuerpo de ejército primigenio de 3.300 hombres de la Roma antigua; que el rey, como comandante supremo, encomendaba a oficiales, llamados pretores.

Conforme aumentó la población, el papel de los reyes se hizo más complejo, así que estos tuvieron que recurrir al nombramiento de funcionarios que se ocuparan de los asuntos religiosos, las infraestructuras, el censo, etc. Durante este tiempo fue cobrando importancia el Consejo de los Ancianos o Senado, constituido por cien miembros con derecho de primogenitura de los fundadores de la ciudad, en época de Rómulo, que al principio sólo tenían la misión de consejeros del rey, aunque su influencia y el número de miembros fue aumentando con el tiempo.

En los comicios curiados, que elegían al rey, aunque hubiera una clase política socialmente influyente, todos eran ciudadanos con los mismos derechos de hablar, discutir y decidir de igual a igual. Una especie de democracia asamblearia, donde todos se conocían y en la que el poder y los cargos se otorgaban en función del prestigio o de los méritos. Pero esta forma de hacer las cosas sólo funciona cuando todos conocen a todos, y así funcionó mientras Roma era, básicamente, un pueblucho muy bien organizado.

Los latinos y sabinos eran agricultores; los etruscos, industriales y comerciantes. Las dos primeras tribus se empobrecían con las guerras, porque tenían que abandonar sus tierras para ir a luchar o incluso podían llegar a perderlas cuando la cosa no saliera bien y les fueran arrebatadas. Los etruscos, sin embargo, salieron beneficiados de los conflictos, ya que las guerras aumentaban el consumo y los gastos del Estado. Dado que el resultado, en términos generales, fue positivo para Roma, supuso la apertura de nuevos mercados durante la etapa de los reyes agrarios, cuando Roma se expandió a expensas de sus vecinos: latinos, al Sur, sabinos, al Este, y etruscos, al Norte.

A la muerte del rey Anco Marcio, andaba por Roma un tal Lucio Tarquino (hijo de un inmigrante griego y una etrusca), rico, despilfarrador, elegante y culto, en medio de una sociedad llena de palurdos, del que Tito Livio dijo que: fue el primero que intrigó para hacerse elegir rey y pronunció un discurso para asegurarse el apoyo de la plebe. La plebe era un concepto nuevo en aquel entonces, porque los primeros reyes agrarios no tuvieron la necesidad de convencer a ninguna plebe, dado que ésta no existía y todos, al menos formalmente, tenían los mismos derechos.

En los años anteriores a Tarquino, conforme se intensificó el contacto con los pueblos vecinos, unas veces por las buenas y otras por las malas, la guerra se convirtió en una rutina y esto hizo que aumentara la población de la ciudad, que huía del campo para refugiarse en ella, y se desarrollaran la artesanía y el comercio. Con todo ello, como siempre pasó en todas las revoluciones urbanas, se rompió el equilibrio social y se consolidaron las dos clases de siempre, favorecidos y oprimidos: arriba los patricios, que eran descendientes de los fundadores (o, al menos, eso decían ellos) y abajo los plebeyos, que carecían de derechos políticos.

¿Cómo surgió ese crecimiento de la plebe?, pues bien, Roma nació peleona, y lo supo hacer bien desde el principio en lo que respecta a los conflictos con sus vecinos cercanos. Como todo peleón con suerte y oficio, esto le ayudó a crecer económicamente: por un lado, las necesidades bélicas estimularon diferentes industrias, como carpinteros, herreros, armeros o mercaderes (como hemos visto, la mayoría emigrantes de origen etrusco) y por otro, la elevación de salarios asociada a ese crecimiento económico atrajo a la ciudad a mano de obra campesina. Con esto, comerciantes y artesanos fueron acumulando protagonismo económico y con ello, influencia social. Todo estaba preparado para que el poder político en Roma diera un cambio que integrara a esta nueva masa plebeya que se había convertido en la base económica del incipiente Estado. Este golpe de timón fue favorecido, sin duda, por los que hasta ahora no habían participado del poder político, pero que tenían muchas ganas de empezar a hacerlo desde el poder económico que ya ostentaban.

Lucio Tarquino fue el primero de los reyes mercaderes —los tarquinos—. Creó una dinastía con una sucesión más o menos hereditaria. A diferencia de los reyes agrarios, no se dedicó a dar misas o a escrutar el vuelo de las aves y se centró en el poder temporal de política y guerras, para lo cual necesitó la colaboración de la industria y el comercio, en manos de sus paisanos etruscos. Lucio reinó durante 38 años y fue el primer rey que se adornó con pompa y boato: palacio, trono, cetro y yelmo con penacho.

Los historiadores romanos clásicos fueron todos republicanos, así que no trataron bien a los reyes en sus legados. No obstante, no le niegan a este rey su mérito al reconocer que, con él, Roma diera un salto cualitativo en aspectos urbanos y organizativos: Lucio Tarquino construyó la cloaca máxima, urbanizó la ciudad, trazando calles y delimitando barrios y creó un espacio de reunión pública, el foro. Todo ello a espaldas de los senadores, representantes del antiguo régimen, que no se sentían nada felices con el poder que adquirió este advenedizo que les sometió a un constante ninguneo durante mucho tiempo y al que acabaron haciendo matar, con la aspiración de que las cosas volvieran a ser como antes y ellos, los patricios, sus protagonistas. Un error táctico en este intento de golpe de Estado fue no matar a Tanaquil, la esposa etrusca de Lucio, ni a su hijo, Servio, entonces un niño.

A diferencia de las sumisas mujeres romanas, las mujeres etruscas ocupaban un puesto relevante en su sociedad y su cultura y, como etrusca que era, Tanaquil era resolutiva y más culta que cualquiera de los añejos senadores. Tanaquil no se resignó a abandonar su posición y asumió el puesto de regente hasta que Servio creció y ocupó el trono. Una vez en él, Servio acometió nuevas reformas: construyó nuevas murallas, atrayendo a Roma a técnicos, albañiles y artesanos y emprendió la gran reforma política y social que fue base de todos los sucesivos ordenamientos romanos. Es probable que, en esta época, la urbe alojara más de cien mil personas y que el resto de terrenos conquistados por Roma llegara a las setecientas mil almas, de las cuales, sólo las pertenecientes a los comicios curiados podía votar en asuntos de importancia y excluía del poder de decisión a grandes industriales, comerciantes y banqueros.

La primera medida política de Servio fue conceder la ciudadanía a los hijos de los esclavos libertos. Después, abolió las treinta curias y, en su lugar, instituyó un sistema censitario en el que existían cinco clases de ciudadanos, categorizados no en base a su domicilio, sino a su patrimonio, que ahora votaban por centurias. ¿Dónde estaba la trampa?: de las ciento noventa y tres centurias creadas por Servio, sólo la primera clase ya contenía 98 votos, con lo cual tenía el poder de decisión si había unanimidad en ella. Era, por tanto, una plutocracia de la industria, rica, sobre el agrarismo que representaba el Senado, con menos dinero.

Servio reinó 44 años y, como su padre, fue derrocado y asesinado con gran alegría del Senado. Se encargó de ello su sobrino y yerno, Lucio, parece que contando con la colaboración de su mujer, hija de Servio.

Para gran disgusto de los senadores, el regicida Lucio asumió el poder sin pedirles permiso, haciéndoles aún menos caso del que le habían hecho sus parientes anteriores en el cargo. Ha pasado a la historia como Tarquino el Soberbio que reinó durante 25 años. La mayor parte de su tiempo como rey la pasó guerreando. Expandió Roma, entre la fuerza y la diplomacia, que ya apuntaba maneras de pequeño imperio y que, si bien todavía no llegaba hasta el Adriático, ya dominaba el Tirreno.

Pero los patricios no toleraban ese segundo plano al que estaban siendo relegados por los Tarquinos y aprovecharon una historia escabrosa entre el hijo de Tarquino el Soberbio, Sexto y su sobrino, Lucio, en la que el primero abusó y provocó la muerte de Lucrecia, la mujer del segundo. El hecho derivó en un violento golpe de Estado en el 509 adE, cuando la Monarquía dejó paso a la República aristocrática, sorprendentemente, sin necesidad de asesinar a este último Tarquino, que logró huir de Roma para refugiarse al norte, en la región de sus ancestros, Etruria, desde donde, con poco éxito, siguió dando problemas a la nueva república durante cierto tiempo.

Fuentes de la bibliografía: [2], [3], [8], [13] y sobre todo [14]. 


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