martes, 26 de diciembre de 2017

Caída del Imperio romano de Occidente y reflexiones sobre su decadencia económica

Imagen: Tetrarcas,  foto de Nino Barbieri. Fuente: Wikipedia    
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Al final del Alto Imperio, la ciudad de Roma se había convertido en un problema para la clase política que, a estas alturas, más que nunca, tenía claro que al poder se accedía de la misma forma que se abandonaba: a navajazos.

En el año 284, mediante intrigas palaciegas, llegó al poder el hijo de un liberto dálmata, que reinó con el nombre de Diocleciano y cuyo cargo previo había sido el de jefe de pretorianos —así que algo sabía de cómo llegar al poder y lo fácil que era que lo echaran—. A él se le considera el último verdadero emperador romano. Mediante diversas medidas, cambió el sistema político de Roma de una forma entre imaginativa y evidente, probablemente forzado, en cada momento, por la complejidad de la situación ante la que se encontraba, más que por planes estratégicos preconcebidos. El resto de gobernantes, los que vinieron después; todos, con mayor o menor acierto, hicieron lo que pudieron ante una situación cada vez más compleja e ingobernable.

Diocleciano era consciente de los riesgos que acarreaban ser emperador romano en la ciudad de Roma y que el sitio más peligroso para él era su palacio allí, así que su primera decisión fue drástica y no exenta de polémica entre los senadores, que ya a estas alturas no pintaban nada. Transfirió la capital del Imperio lo más lejos que pudo, concretamente a Nicomedia, a unos cien kilómetros al este de Bizancio. El nombre actual de esta ciudad es Izmit, en Turquía, la cual tuvo el honor de ser la capital del Imperio Romano durante un tiempo, aunque ya antes la había hecho famosa Aníbal, porque fue allí donde se suicidó.

Ante la cantidad de problemas que tenían el Imperio y el emperador, Diocleciano separó el poder en dos figuras: Augusto y César. El augusto era el primero en el rango militar y el césar, una especie de príncipe, o vice-augusto, que lo reforzaba, secundaba o reemplazaba en caso de muerte. Además, consciente de la dificultad de mantener tantas fronteras, duplicó las figuras en Oriente y Occidente, creando por tanto dos augustos y dos césares (él se quedó como augusto en Oriente, que era la parte más tranquila y más rica del Imperio). Así quedó instaurada una tetrarquía, con uno de los cuatro tetrarcas, Diocleciano, más tetrarca que los otros tres.

Para medir el poco apego que los nuevos poderosos tenían a la ciudad de Roma, veamos donde se instauraron los tetrarcas: Diocleciano, Augusto de Oriente, se instaló en Izmit (Turquía) y nombró su césar oriental a Galerio, que se acuarteló en Mitrovitza (en la actual Yugoslavia). Maximiano, Augusto de Occidente, prefirió quedarse en Milán y nombró césar occidental a Constancio Cloro, ubicado en Tréveris, en Germania (cerca de la actual Luxemburgo). A estas alturas, nadie quería acercarse lo más mínimo a Roma, la cual pasó de ser la capital de un Imperio a convertirse en una ciudad ninguneada y excesivamente grande, llena de pobres, de monumentos y de intrigantes sin poder, fuera de los centros de influencia y sin ningún papel en la historia posterior. Roma venía de estar poblada por más de un millón de habitantes en el pasado; poco más tarde de esta historia, en la Alta Edad Media, pasó a tener unos diez mil, con sus gloriosas colinas llenas de hierba en las que pastaban las cabras.

En lo político, los dos augustos (Diocleciano y Maximiano) se comprometieron a abdicar a favor de sus césares tras estar veinte años en el poder. Para reforzar el compromiso, ambos augustos dieron a sus hijas por esposas de los césares. Diocleciano cumplió su compromiso; de hecho, fue el primer emperador que abdicó voluntariamente de su cargo para irse a su Dalmacia natal (Croacia ahora) a cuidar su huerto. Maximiano cumplió también, a instancias de Diocleciano, pero hizo un amago de volver, y al final lo tuvieron que echar y pedirle educadamente que se suicidara.

En lo económico, Diocleciano se creció y creó una economía dirigida que recuerda a la Unión Soviética, con planificación, nacionalización y mucha burocracia. Aunque el Imperio aguantó otros cien años, en general, las medidas de Diocleciano no fueron buenas ni tuvieron éxito y constituyeron nuevas bases económicas que se prolongaron en el Medievo y muchas de ellas, durante más de mil quinientos años, lastraron el desarrollo de Occidente.

Respecto al dinero, se introdujo un nuevo sistema monetario, con nuevas monedas de bronce, con precios tasados y fiduciarios (es decir, simbólicos) claramente sobrevaloradas; mientras las piezas de plata y oro seguían valiendo su peso real en este metal, con un valor intrínseco. Así, se crearon dos tipos de moneda: una “mala” de valor fijo y sobrevalorado (la calderilla, hecha en bronce) y otra “buena” fluctuante y con valor real (plata y oro).

En estas situaciones se da el efecto conocido como Ley de Gresham, que sucede cuando hay dos tipos de dinero (uno bueno y otro malo) dónde la moneda mala expulsa a la buena. El porqué de esto es lógico: todo el que paga quiere deshacerse de la moneda mala y ahorrar con la buena y todo el que cobra quiere capturar moneda buena y si le pagas en mala, pide más y sube precios. Por tanto, la tendencia es de mayor circulación de moneda mala, subida constante de precios y un Estado emitiendo cada vez más calderilla, encantado de ello, porque en la emisión va implícita una ganancia para él, lo cual es una forma de impuesto oculto llamada señoreaje (básicamente consiste en que yo, Estado, te vendo a ti, particular, una moneda de cinco céntimos que a mí me cuesta fabricar, pongamos, uno y, además, la inflación me viene estupendamente, porque así cada vez emito más moneda y aumento mis ingresos). Pero, como es lógico, joyas y vajillas de oro y plata, pasaron a convertirse en elementos monetarios corrientes y la moneda emitida por el Estado tendió a dejar de tener interés. Llevado esto al extremo, que al final acabó sucediendo, la economía abandonó el sistema monetario y pasó al sistema primitivo de intercambio.

En cuanto a la nueva forma de esclavitud, los campesinos y los colonos quedaron, por ley, vinculados a la tierra; fueron los llamados más tarde siervos de la gleba, que era una forma políticamente correcta de adecuar la nueva situación, en el entorno cristiano y sin mercados de esclavos para mano de obra, con trabajadores forzados en condiciones igual de malas.

A los obreros y artesanos, para no dejarlos fuera de estas arbitrariedades, se les congeló en corporaciones hereditarias que no podían abandonar, ni ellos ni sus descendientes. Esto fue el origen de los gremios, que acabaron siendo un lastre para el desarrollo económico de las sociedades modernas y que no desaparecieron hasta el siglo XIX, salvo el gremio de taxistas en España, que aún existe y sigue intentando, erre que erre, monopolizar el mercado, como si siguiéramos en el Medievo.

La consecuencia de esta economía dirigida fue la inflación y la evasión de capitales, ante las cuales, Diocleciano, a falta de soluciones reales, respondió de la forma más simple: negando lo evidente y declarando a ambas ilegales, reglamentando y reglamentando cada vez más, e intentando poner puertas al campo.

Hasta ahora Roma había sido un Estado con una base funcionarial mínima, pero como sucede en la Cuba actual, para que los ciudadanos actúen según reglas contra natura y no exista el estraperlo, las fugas de personas y capital, etc., hace falta mucha inspección. Así que se creó un nuevo lastre, porque el número de funcionarios creció y creció, pululando inspectores y superintendentes aquí y allá, intentando detener lo inevitable, hasta tal punto que, Lactancio, en aquella época, afirmaba que «de cada dos ciudadanos, uno suele ser funcionario».

Llegó la inevitable fuga del capital. Ante las limitaciones y los duros castigos económicos, muchos ciudadanos buscaron refugio más allá del Limes (las fronteras del Imperio) entre los pueblos bárbaros, donde podían trabajar en una economía menos dirigida. Mientras, las grandes haciendas se habían hecho autosuficientes, fuera del esquema tributario que imponía el comercio, privando con ello a las ciudades de su función industrial. La actividad comercial entró en un círculo vicioso contractivo. La economía entró en regresión, pasando a un sistema primitivo de subsistencia, la población fue descendiendo, las ciudades, antes florecientes, ahora quedaron desiertas y las villas de las grandes haciendas fueron pareciéndose cada vez más a fortalezas. A fines del siglo IV, el Imperio de Occidente era un armazón hueco que sucumbió bajo su propio peso.

Mientras, en Oriente, el ejército y la burocracia no eran menos parásitos que en Occidente, pero el Imperio bizantino era la parte más rica del Estado y allí, la economía aguantó la situación para financiar al Imperio otros mil años.

Las clases medias se extinguieron lentamente y sólo quedaron dos clases: los honestiores (terratenientes, obispos, generales y altos funcionarios) y los humiliores (artesanos empobrecidos y campesinos atados a la tierra). De urbes dinámicas, bulliciosas y abiertas se pasó a un mundo de ciudades en ruinas, caminos descuidados e inseguros que nadie se atrevía a transitar y campos que apenas producían lo necesario para alimentar a sus labradores.

Como conclusión, es necesario separar la crisis política de la económica. Una de las principales razones del fracaso de la economía romana fue la falta de creatividad tecnológica que hubo en ella. A pesar del gran legado jurídico y cultural que dejó, existió siempre un notable desinterés por la ciencia y la tecnología. Incluso malos emperadores, como Tiberio y Nerón, impulsaron reformas innovadoras en la administración, pero los cambios siempre se concebían en referencia a leyes y costumbres, no buscando mejoras tecnológicas. Se sabe, por ejemplo, que un ingeniero griego llamado Hero de Alejandría inventó una máquina de vapor en el siglo I dE, denominada aelolipila que nunca pasó de considerarse como una curiosidad de feria; la rueda hidráulica y el molino de viento se habían inventado en el siglo I adE, pero su uso no se difundió hasta la Edad Media. Los ingenieros romanos fueron hábiles en la construcción de calzadas, acueductos o cúpulas, pero no se invirtió ningún esfuerzo en inventar máquinas que ahorrasen mano de obra. No fue por tanto falta de inteligencia, sino de interés.

La falta de interés en los avances tecnológicos energéticos provenía de la ausencia de estímulos para ello. La mayor parte del trabajo productivo se realizaba por esclavos o siervos. Una inversión para la mejora en la tecnología no habría producido un aumento en el beneficio, ya que la mano de obra era prácticamente gratuita. Tampoco había el menor interés por mejorar las condiciones de vida de los esclavos, a los que se consideraba una mera propiedad sobre la que el dueño tenía todos los derechos.

Así pues, el carácter esclavista del Estado Romano permitió producir magníficas obras de arte y literatura (copiadas siempre de los griegos) incluso contribuir al desarrollo administrativo y jurídico de la civilización posterior (cosa que a los griegos se les daba muy mal) pero nunca dejó de ser una estructura económica piramidal, incapaz de lograr un crecimiento económico paralelo. Incluso si el Imperio hubiera sido políticamente perfecto, la economía sobre la que se apoyaba, nunca fue sostenible y su final era claramente predecible.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [4], [8], [14].

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miércoles, 20 de diciembre de 2017

Alto Imperio Romano: el Principado

Imagen: Virgilio, museo del Bardo, Túnez. Fuente: Wikipedia    
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El final de la República de Roma era predecible: la corrupción se había convertido en endémica y los dos grupos políticos, conservadores y populares, competían entre ellos con demagogia, sestercios y violencia. Cada uno de los bandos tenía sus propias pandillas de matones, que, por encargo, de vez en cuando iban por las calles machacando cabezas a garrotazos. Mientras, lejos de Roma, los grandes generales competían para hacerse con el poder. Roma estaba recién salida de una guerra civil y a punto de entrar en otras.

Para resolver el desequilibrio político existente, el Senado no tuvo más remedio que dejarse amenazar y comprar por un pacto secreto constituido entre los tres romanos más influyentes de la época: dos grandes generales (Pompeyo y Julio César) y el hombre más rico de Roma, un tal Craso, al que dedicaré unos minutos.

Craso era un brillante hombre de negocios que, además de la compra de voluntades, basaba parte de su negocio en la gestión de burdeles y sus famosas brigadas de bomberos. El funcionamiento del negocio de burdeles es fácil de imaginar. El segundo, de los bomberos, era algo más elaborado: primero se prendía fuego, deliberadamente, a un edificio; cuando el fuego estaba en su apogeo, un delegado de Craso llegaba a un acuerdo de compra con el infausto dueño, por una miseria. Y, una vez llegados a un acuerdo, actuaban las brigadas de bomberos para salvar lo que podían, de la nueva posesión de Craso. Así se convirtió en el mayor promotor inmobiliario que hubiera tenido nunca Roma.

Desde hacía años, el bueno de Craso siempre ansió ser un gran militar y se afanó en ello durante la represión de la rebelión de esclavos capitaneada por Espartaco en el 74 adE, cuando se dirigió al sur, sofocó allí la revuelta y, una vez vencida, adornó 60 kilómetros de la vía Apia con 6.000 prisioneros, crucificados, a razón de un crucificado cada diez metros (a Roma siempre se le dio muy bien lo de crucificar). No obstante, no se llevó el honor de aplacar la revuelta, porque tuvo la mala suerte de que una parte de los revoltosos huyera hacia el norte y se encontrara allí con las legiones de Pompeyo, que venía de paso desde Hispania. Pompeyo puso punto final a lo poco que quedaba de la rebelión y, por tanto, fue Pompeyo y no Craso, quien se llevó el honor de detener la revuelta.

Una vez instaurado el triunvirato, Craso se empecinó en obtener glorias militares, buscó un objetivo para ello (le daba igual el que fuera) y eligió Partia, la actual Irán, para conseguir allí honores y más riquezas. En el camino de su marcha a Partia, dicen que pasaba más horas vigilando la balanza que pesaba lo que estaba rapiñando que en establecer una estrategia militar adecuada. Al final, su ejército fue vencido y él apresado por los partos que, en honor a su avaricia, lo mataron haciéndole tragar oro fundido. Esto y no su gloria, hizo a Craso merecedor de pasar a la historia con lo que desde entonces se denomina “craso error”, que fue lo que él cometió por su ambición desmedida.

Una vez muerto Craso, quedaron dos gallos en el gallinero: Pompeyo y César. Sobraba un gallo y las gallinas tuvieron que alinearse con uno o con otro en la guerra civil que se desencadenó a continuación. Los conservadores se alinearon con Pompeyo y los populares con Julio, qué resultó vencedor contra todo pronóstico. Pompeyo huyó e intentó refugiarse en Egipto, donde un rey tarado, llamado Tolomeo, encargó hacerle matar y decapitar según llegó a sus costas, con el único objetivo de congraciarse con Julio, aunque con poca fortuna.

Julio César, tras matar a Tolomeo y liarse con su hermana, Cleopatra, volvió a Roma en el año 46 adE, donde el Senado le otorgó el rango de dictador vitalicio, desde el que ejerció un poder absoluto que alentó el odio en los conservadores, que lo mataron dos años después, por miedo a que instaurara de nuevo la monarquía y él, Julio César, se autoproclamase rey.

Desde el año 44, en que murió Julio César, hasta el 30, qué murió Marco Antonio, transcurrieron otros catorce años de constante guerra civil. Primero entre los partidarios de César y sus asesinos, que ganaron los partidarios de Julio, y luego entre sus propios partidarios, que se resolvió cuando Octavio derrotó a Marco Antonio y se hizo con el poder militar absoluto, que el Senado aceptó con tal de que Octavio no se hiciese llamar rey. Muerta la democracia hacía muchos años, Roma sólo quería estabilidad política y económica y la aristocracia sólo aspiraba a que, al menos, le dejasen guardar las apariencias.

Durante tres años, Octavio cumplió las reglas, hasta que en el 27 dio un golpe de efecto y remitió sus poderes al Senado con el aparente ánimo de retirarse de la política. El Senado, que no quería volver a las inestabilidades pasadas, respondió abdicando de sus poderes y remitiéndole a él todos los suyos, confiriéndole el apelativo de Augusto, que Octavio aceptó, obviamente, dando con ello paso a una nueva forma política de la sociedad romana. Fue el inicio del Principado.

El Principado Romano abarca desde el acceso de Augusto al poder absoluto, en 27 adE, hasta la llegada de Diocleciano, en 284 dE. Esta época también es conocida como Alto Imperio Romano. Fue una especie de monarquía colegiada en la que el príncipe acumulaba, de forma vitalicia, los mismos poderes que había tenido Julio César: tribuno de la plebe (con capacidad de veto al Senado), cónsul (gobernante supremo de Roma, jefe del ejército y legislador) y princeps senatum (miembro con mayor dignidad en el Senado y primero en hablar). Con tal concentración de poderes, especialmente en el ejército, podemos hablar de una autocracia del poder militar.

Durante este período, la economía Romana de la República tuvo que transformarse: la expansión territorial y las épocas de los grandes botines de guerra se habían acabado, y por tanto, mantener un imperio tan extenso suponía grandes costes que había que financiar con impuestos pagados por las provincias de un Estado que se configuró como tributario y esclavista, en una época climática favorable que propició la producción de grano en las provincias del norte y del sur.

El término imperio tributario fue acuñado por la escuela marxista en la década de 1970, para distinguir entre la mayoría de los imperialismos modernos, o coloniales, que buscaban más la explotación comercial de las colonias (importando de ellas materias primas y exportándoles materias industriales) y los imperios antiguos, cuyo interés era la extracción de tributos de las poblaciones sometidas por la fuerza militar, las cuales conservaban un cierto grado de autogobierno, con tal de que pagaran lo exigido. Pero Roma no fue el último imperio tributario, ya en la Edad Moderna, los imperios chino, otomano e indio también lo fueron.

Antes de hablar de sociedad esclavista como algo que pueda parecer muy lejano, hay que reparar en que, aún hoy en día, la esclavitud es legal en Mauritania, que se calcula que en Sudán actualmente hay unos 300.000 esclavos y que, a pesar de considerarse ilegal en el resto de las naciones, el número de esclavos que existen en el siglo XXI en el mundo es una cifra que, dependiendo de las fuentes y los criterios con los que se miden, está entre los 9 y los 27 millones de personas, lo cual constituye la cantidad más alta de esclavos que ha habido nunca en la humanidad.

Para definir a una sociedad como esclavista, la proporción de esclavos debe rondar un tercio de su población. Así pasó en Atenas, con 60.000 esclavos, el 30% de su población; el sur de Estados Unidos en el siglo XIX, con un 33% de esclavos o la península Itálica en la época del Imperio, dónde había unos dos millones, que suponían un 35% de sus habitantes. Pero, en esta historia, más importante que el número, era el papel que desempeñaban los esclavos en la sociedad romana, en la que ocupaban todo tipo de profesiones y a los que estaban sólo vedados la jurisprudencia, la política y el ejército (bueno, salvo para remeros de la armada). El esclavo era el elemento productivo básico en cualquier tipo de explotación, fuese agraria, industrial o de servicios, cuya dimensión transcendiera de la unidad familiar. Los hombres libres predominaban en las explotaciones de escala reducida y los esclavos lo hacían en la producción a gran escala, tanto en el campo como en el entorno urbano.

La primera fase económica del Alto Imperio fue expansiva, hasta el año 165 dE, coincidiendo su fin con las sublevaciones periféricas, muy graves, en el Norte y el Este, esta última de durísimas repercusiones; aunque, muerto Augusto, la estabilidad política fue prácticamente inexistente hasta el 96 dE, cuando se eliminó por las malas a Domiciano, el tercero y único malo de los Flavios. En este período la mayoría de los emperadores murieron asesinados —por lo menos siete, de los diez que hubo—. El período que va, ya en nuestra era, de 96 (con Nerva y luego Trajano) a 150 (en tiempos de Antonino Pío) es considerado como la edad de oro del Imperio Romano. Sin embargo, en los últimos años de este período, se había ralentizado el crecimiento económico y había sobrepoblación, con la consiguiente malnutrición y condiciones de vida insalubres de las bases sociales, que las exponía a todo tipo de enfermedades y por supuesto, a plagas. Todo un caldo de cultivo ante la disrupción, por si pasaba algo malo, que por supuesto, pasó.

Y lo malo vino en 165 dE, cuando se desencadenó la Plaga Antonina, traída desde el Este por los vencedores de los persas sublevados. Sólo en Roma se contaron 200.000 muertos, toda Italia se contaminó y se diezmó la población, especialmente de base, porque la mortalidad en las élites, con mejores condiciones de vida, fue menor. A partir de aquí se rompió el equilibrio ricos-pobres y los ricos entraron en un nuevo litigio para apoderarse del excedente; esto acabó en nuevas guerras civiles a partir del año 192. La realimentación positiva de malnutrición, guerras y epidemias recurrentes, causaron una grave crisis demográfica y escasez de mano de obra, que se vio agravada en la economía por la expansión del cristianismo y la manumisión de los esclavos.

Al principio, el Imperio tenía carácter urbano, con Roma a la cabeza, que llegó a superar el millón de habitantes, seguida de Alejandría, con varios cientos de miles y muchas otras ciudades, que oscilaban entre las 5.000 y las 100.000 almas, unidas entre ellas y las fuentes de provisiones por una excelente red comercial de base marítima. Pero las cosas fueron cambiando poco a poco, fruto de largas paces, extensión de la ciudadanía a los habitantes de las provincias y la carestía de esclavos.

Debido a mejoras en los cruzamientos, se produjo una sobreproducción de ganado, que supuso una bajada de su precio a la vez que derivó en falta de piensos, así que muchos ganaderos decidieron abandonar ese negocio y pasar al agrícola, dividiendo sus tierras y arrendando la explotación a colonos, que entendían de agro y estaban muy interesados en el rendimiento de sus parcelas. Comenzó un mejor uso de abonos, la rotación de cultivos, la selección de semillas y la experimentación racional. Plinio, en esta época, enumera veintinueve clases de higos. La producción de vino fue tal que Domiciano prohibió plantar nuevos viñedos para evitar una crisis de los precios.

Los microcosmos agrícolas que se crearon se convirtieron en autárquicos, alejándose de la especialización que aconseja la economía moderna, e incorporando la industria sobre una base artesana. Las nuevas granjas tenían sus propios mataderos y embutían sus carnes, disponían de horno para cocer ladrillos, recintos para curtir pieles y fabricar productos de cuero, como zapatos; tejer la lana o fabricar vestidos. Estos nuevos campesinos eran a la vez agricultores y artesanos. Las únicas industrias que funcionaban por criterios modernos eran las extractivas, que seguían siendo ejercidas por esclavos.

Desde el 165 al 284 todo fue caer para el Alto Imperio. Tras la Plaga Antonina (probablemente debida a la viruela) que supuso la muerte del 25% de la población de la península itálica, sobre todo en la clase productiva, peor nutrida y con condiciones más insalubres, y la ruptura de consenso entre las élites, que desencadenó la guerra civil desde 192 a 197, la situación fue de mal en peor: continuas guerras civiles, hambrunas y epidemias, especialmente graves en las décadas de 250 y 260, que diezmaron la población y acentuaron la crisis demográfica y falta de mano de obra, especialmente en las zonas más desprotegidas, que eran las que estaban en continuos problemas fronterizos con las tribus germánicas, en las que había graves dificultades para recaudar los tributos. A esto se añadía una crisis en el sistema monetario, con una progresiva desvalorización de la moneda en circulación, fruto de una continua alteración de su ley, por parte de un erario cuyos gastos excedían continuamente a sus ingresos.

La gran crisis del siglo III supuso escasez de productos básicos, inflación creciente que empobreció aún más a la población, falta de seguridad en la periferia del Imperio, que conllevó el debilitamiento de los circuitos comerciales. Como consecuencia, hubo ciclos de malas cosechas y epidemias. Esto fue el fin de una economía extractiva del excedente desde el medio rural al urbano, que acabaron pagando las urbes, especialmente en la zona occidental del Imperio, cuya economía entró en decadencia, frente a un medio rural que se convertía en autárquico y se excluía de las bases económicas que lo habían fundamentado: tributos y esclavos (ahora sustituidos por colonos).

El medio rural siempre pagó los cambios de fase del Estado Romano. Al principio de la República, el campesinado malvendió sus tierras a los terratenientes para emigrar a Roma y ser mantenido con pan y circo. Ahora el Estado no podía afrontar tal gasto, así que los campesinos, asfixiados por la presión fiscal, entregaron sus tierras a los grandes señores, trabajando como campesinos dependientes de los latifundistas, reforzando el sistema de villas autosuficientes, excluidas de la economía global.

Para medir el grado de decadencia al que llegó el pan y circo, hemos hablado bastante del reparto gratuito del cereal a 500.000 personas en Roma. Respecto a las fiestas, cuando Augusto asumió el poder, el calendario romano contenía sesenta y seis días festivos, algo menos de los que tenemos hoy en día. Al final del Imperio, había ciento setenta y cinco al año, o sea, un día sí y otro no.

Los últimos cincuenta años del Alto Imperio fueron de anarquía, un emperador sucedía a otro y al que no lo mataban sus soldados, o su general más fiel, lo envenenaba su esposa, o se suicidaba. Llegaron a durar tan poco que varios no tuvieron tiempo ni de llegar a Roma a presumir del cargo.

Al final, logró subir al trono un gran general, Aureliano, que entre la política y la guerra, intentó controlar la situación en el Norte, si bien sabía de la inminencia de la catástrofe final, así que recurrió a una medida que supuso el sello del principio de la muerte de Roma y el comienzo del Medievo: poco antes de que a él también lo matasen, ordenó a todas las ciudades del Imperio que se amurallasen y que en adelante, confiasen sólo en sus propias fuerzas. Fue la abdicación, por insuficiencia, del poder central.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [14], [25].

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