miércoles, 20 de diciembre de 2017

Alto Imperio Romano: el Principado

Imagen: Virgilio, museo del Bardo, Túnez. Fuente: Wikipedia    
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El final de la República de Roma era predecible: la corrupción se había convertido en endémica y los dos grupos políticos, conservadores y populares, competían entre ellos con demagogia, sestercios y violencia. Cada uno de los bandos tenía sus propias pandillas de matones, que, por encargo, de vez en cuando iban por las calles machacando cabezas a garrotazos. Mientras, lejos de Roma, los grandes generales competían para hacerse con el poder. Roma estaba recién salida de una guerra civil y a punto de entrar en otras.

Para resolver el desequilibrio político existente, el Senado no tuvo más remedio que dejarse amenazar y comprar por un pacto secreto constituido entre los tres romanos más influyentes de la época: dos grandes generales (Pompeyo y Julio César) y el hombre más rico de Roma, un tal Craso, al que dedicaré unos minutos.

Craso era un brillante hombre de negocios que, además de la compra de voluntades, basaba parte de su negocio en la gestión de burdeles y sus famosas brigadas de bomberos. El funcionamiento del negocio de burdeles es fácil de imaginar. El segundo, de los bomberos, era algo más elaborado: primero se prendía fuego, deliberadamente, a un edificio; cuando el fuego estaba en su apogeo, un delegado de Craso llegaba a un acuerdo de compra con el infausto dueño, por una miseria. Y, una vez llegados a un acuerdo, actuaban las brigadas de bomberos para salvar lo que podían, de la nueva posesión de Craso. Así se convirtió en el mayor promotor inmobiliario que hubiera tenido nunca Roma.

Desde hacía años, el bueno de Craso siempre ansió ser un gran militar y se afanó en ello durante la represión de la rebelión de esclavos capitaneada por Espartaco en el 74 adE, cuando se dirigió al sur, sofocó allí la revuelta y, una vez vencida, adornó 60 kilómetros de la vía Apia con 6.000 prisioneros, crucificados, a razón de un crucificado cada diez metros (a Roma siempre se le dio muy bien lo de crucificar). No obstante, no se llevó el honor de aplacar la revuelta, porque tuvo la mala suerte de que una parte de los revoltosos huyera hacia el norte y se encontrara allí con las legiones de Pompeyo, que venía de paso desde Hispania. Pompeyo puso punto final a lo poco que quedaba de la rebelión y, por tanto, fue Pompeyo y no Craso, quien se llevó el honor de detener la revuelta.

Una vez instaurado el triunvirato, Craso se empecinó en obtener glorias militares, buscó un objetivo para ello (le daba igual el que fuera) y eligió Partia, la actual Irán, para conseguir allí honores y más riquezas. En el camino de su marcha a Partia, dicen que pasaba más horas vigilando la balanza que pesaba lo que estaba rapiñando que en establecer una estrategia militar adecuada. Al final, su ejército fue vencido y él apresado por los partos que, en honor a su avaricia, lo mataron haciéndole tragar oro fundido. Esto y no su gloria, hizo a Craso merecedor de pasar a la historia con lo que desde entonces se denomina “craso error”, que fue lo que él cometió por su ambición desmedida.

Una vez muerto Craso, quedaron dos gallos en el gallinero: Pompeyo y César. Sobraba un gallo y las gallinas tuvieron que alinearse con uno o con otro en la guerra civil que se desencadenó a continuación. Los conservadores se alinearon con Pompeyo y los populares con Julio, qué resultó vencedor contra todo pronóstico. Pompeyo huyó e intentó refugiarse en Egipto, donde un rey tarado, llamado Tolomeo, encargó hacerle matar y decapitar según llegó a sus costas, con el único objetivo de congraciarse con Julio, aunque con poca fortuna.

Julio César, tras matar a Tolomeo y liarse con su hermana, Cleopatra, volvió a Roma en el año 46 adE, donde el Senado le otorgó el rango de dictador vitalicio, desde el que ejerció un poder absoluto que alentó el odio en los conservadores, que lo mataron dos años después, por miedo a que instaurara de nuevo la monarquía y él, Julio César, se autoproclamase rey.

Desde el año 44, en que murió Julio César, hasta el 30, qué murió Marco Antonio, transcurrieron otros catorce años de constante guerra civil. Primero entre los partidarios de César y sus asesinos, que ganaron los partidarios de Julio, y luego entre sus propios partidarios, que se resolvió cuando Octavio derrotó a Marco Antonio y se hizo con el poder militar absoluto, que el Senado aceptó con tal de que Octavio no se hiciese llamar rey. Muerta la democracia hacía muchos años, Roma sólo quería estabilidad política y económica y la aristocracia sólo aspiraba a que, al menos, le dejasen guardar las apariencias.

Durante tres años, Octavio cumplió las reglas, hasta que en el 27 dio un golpe de efecto y remitió sus poderes al Senado con el aparente ánimo de retirarse de la política. El Senado, que no quería volver a las inestabilidades pasadas, respondió abdicando de sus poderes y remitiéndole a él todos los suyos, confiriéndole el apelativo de Augusto, que Octavio aceptó, obviamente, dando con ello paso a una nueva forma política de la sociedad romana. Fue el inicio del Principado.

El Principado Romano abarca desde el acceso de Augusto al poder absoluto, en 27 adE, hasta la llegada de Diocleciano, en 284 dE. Esta época también es conocida como Alto Imperio Romano. Fue una especie de monarquía colegiada en la que el príncipe acumulaba, de forma vitalicia, los mismos poderes que había tenido Julio César: tribuno de la plebe (con capacidad de veto al Senado), cónsul (gobernante supremo de Roma, jefe del ejército y legislador) y princeps senatum (miembro con mayor dignidad en el Senado y primero en hablar). Con tal concentración de poderes, especialmente en el ejército, podemos hablar de una autocracia del poder militar.

Durante este período, la economía Romana de la República tuvo que transformarse: la expansión territorial y las épocas de los grandes botines de guerra se habían acabado, y por tanto, mantener un imperio tan extenso suponía grandes costes que había que financiar con impuestos pagados por las provincias de un Estado que se configuró como tributario y esclavista, en una época climática favorable que propició la producción de grano en las provincias del norte y del sur.

El término imperio tributario fue acuñado por la escuela marxista en la década de 1970, para distinguir entre la mayoría de los imperialismos modernos, o coloniales, que buscaban más la explotación comercial de las colonias (importando de ellas materias primas y exportándoles materias industriales) y los imperios antiguos, cuyo interés era la extracción de tributos de las poblaciones sometidas por la fuerza militar, las cuales conservaban un cierto grado de autogobierno, con tal de que pagaran lo exigido. Pero Roma no fue el último imperio tributario, ya en la Edad Moderna, los imperios chino, otomano e indio también lo fueron.

Antes de hablar de sociedad esclavista como algo que pueda parecer muy lejano, hay que reparar en que, aún hoy en día, la esclavitud es legal en Mauritania, que se calcula que en Sudán actualmente hay unos 300.000 esclavos y que, a pesar de considerarse ilegal en el resto de las naciones, el número de esclavos que existen en el siglo XXI en el mundo es una cifra que, dependiendo de las fuentes y los criterios con los que se miden, está entre los 9 y los 27 millones de personas, lo cual constituye la cantidad más alta de esclavos que ha habido nunca en la humanidad.

Para definir a una sociedad como esclavista, la proporción de esclavos debe rondar un tercio de su población. Así pasó en Atenas, con 60.000 esclavos, el 30% de su población; el sur de Estados Unidos en el siglo XIX, con un 33% de esclavos o la península Itálica en la época del Imperio, dónde había unos dos millones, que suponían un 35% de sus habitantes. Pero, en esta historia, más importante que el número, era el papel que desempeñaban los esclavos en la sociedad romana, en la que ocupaban todo tipo de profesiones y a los que estaban sólo vedados la jurisprudencia, la política y el ejército (bueno, salvo para remeros de la armada). El esclavo era el elemento productivo básico en cualquier tipo de explotación, fuese agraria, industrial o de servicios, cuya dimensión transcendiera de la unidad familiar. Los hombres libres predominaban en las explotaciones de escala reducida y los esclavos lo hacían en la producción a gran escala, tanto en el campo como en el entorno urbano.

La primera fase económica del Alto Imperio fue expansiva, hasta el año 165 dE, coincidiendo su fin con las sublevaciones periféricas, muy graves, en el Norte y el Este, esta última de durísimas repercusiones; aunque, muerto Augusto, la estabilidad política fue prácticamente inexistente hasta el 96 dE, cuando se eliminó por las malas a Domiciano, el tercero y único malo de los Flavios. En este período la mayoría de los emperadores murieron asesinados —por lo menos siete, de los diez que hubo—. El período que va, ya en nuestra era, de 96 (con Nerva y luego Trajano) a 150 (en tiempos de Antonino Pío) es considerado como la edad de oro del Imperio Romano. Sin embargo, en los últimos años de este período, se había ralentizado el crecimiento económico y había sobrepoblación, con la consiguiente malnutrición y condiciones de vida insalubres de las bases sociales, que las exponía a todo tipo de enfermedades y por supuesto, a plagas. Todo un caldo de cultivo ante la disrupción, por si pasaba algo malo, que por supuesto, pasó.

Y lo malo vino en 165 dE, cuando se desencadenó la Plaga Antonina, traída desde el Este por los vencedores de los persas sublevados. Sólo en Roma se contaron 200.000 muertos, toda Italia se contaminó y se diezmó la población, especialmente de base, porque la mortalidad en las élites, con mejores condiciones de vida, fue menor. A partir de aquí se rompió el equilibrio ricos-pobres y los ricos entraron en un nuevo litigio para apoderarse del excedente; esto acabó en nuevas guerras civiles a partir del año 192. La realimentación positiva de malnutrición, guerras y epidemias recurrentes, causaron una grave crisis demográfica y escasez de mano de obra, que se vio agravada en la economía por la expansión del cristianismo y la manumisión de los esclavos.

Al principio, el Imperio tenía carácter urbano, con Roma a la cabeza, que llegó a superar el millón de habitantes, seguida de Alejandría, con varios cientos de miles y muchas otras ciudades, que oscilaban entre las 5.000 y las 100.000 almas, unidas entre ellas y las fuentes de provisiones por una excelente red comercial de base marítima. Pero las cosas fueron cambiando poco a poco, fruto de largas paces, extensión de la ciudadanía a los habitantes de las provincias y la carestía de esclavos.

Debido a mejoras en los cruzamientos, se produjo una sobreproducción de ganado, que supuso una bajada de su precio a la vez que derivó en falta de piensos, así que muchos ganaderos decidieron abandonar ese negocio y pasar al agrícola, dividiendo sus tierras y arrendando la explotación a colonos, que entendían de agro y estaban muy interesados en el rendimiento de sus parcelas. Comenzó un mejor uso de abonos, la rotación de cultivos, la selección de semillas y la experimentación racional. Plinio, en esta época, enumera veintinueve clases de higos. La producción de vino fue tal que Domiciano prohibió plantar nuevos viñedos para evitar una crisis de los precios.

Los microcosmos agrícolas que se crearon se convirtieron en autárquicos, alejándose de la especialización que aconseja la economía moderna, e incorporando la industria sobre una base artesana. Las nuevas granjas tenían sus propios mataderos y embutían sus carnes, disponían de horno para cocer ladrillos, recintos para curtir pieles y fabricar productos de cuero, como zapatos; tejer la lana o fabricar vestidos. Estos nuevos campesinos eran a la vez agricultores y artesanos. Las únicas industrias que funcionaban por criterios modernos eran las extractivas, que seguían siendo ejercidas por esclavos.

Desde el 165 al 284 todo fue caer para el Alto Imperio. Tras la Plaga Antonina (probablemente debida a la viruela) que supuso la muerte del 25% de la población de la península itálica, sobre todo en la clase productiva, peor nutrida y con condiciones más insalubres, y la ruptura de consenso entre las élites, que desencadenó la guerra civil desde 192 a 197, la situación fue de mal en peor: continuas guerras civiles, hambrunas y epidemias, especialmente graves en las décadas de 250 y 260, que diezmaron la población y acentuaron la crisis demográfica y falta de mano de obra, especialmente en las zonas más desprotegidas, que eran las que estaban en continuos problemas fronterizos con las tribus germánicas, en las que había graves dificultades para recaudar los tributos. A esto se añadía una crisis en el sistema monetario, con una progresiva desvalorización de la moneda en circulación, fruto de una continua alteración de su ley, por parte de un erario cuyos gastos excedían continuamente a sus ingresos.

La gran crisis del siglo III supuso escasez de productos básicos, inflación creciente que empobreció aún más a la población, falta de seguridad en la periferia del Imperio, que conllevó el debilitamiento de los circuitos comerciales. Como consecuencia, hubo ciclos de malas cosechas y epidemias. Esto fue el fin de una economía extractiva del excedente desde el medio rural al urbano, que acabaron pagando las urbes, especialmente en la zona occidental del Imperio, cuya economía entró en decadencia, frente a un medio rural que se convertía en autárquico y se excluía de las bases económicas que lo habían fundamentado: tributos y esclavos (ahora sustituidos por colonos).

El medio rural siempre pagó los cambios de fase del Estado Romano. Al principio de la República, el campesinado malvendió sus tierras a los terratenientes para emigrar a Roma y ser mantenido con pan y circo. Ahora el Estado no podía afrontar tal gasto, así que los campesinos, asfixiados por la presión fiscal, entregaron sus tierras a los grandes señores, trabajando como campesinos dependientes de los latifundistas, reforzando el sistema de villas autosuficientes, excluidas de la economía global.

Para medir el grado de decadencia al que llegó el pan y circo, hemos hablado bastante del reparto gratuito del cereal a 500.000 personas en Roma. Respecto a las fiestas, cuando Augusto asumió el poder, el calendario romano contenía sesenta y seis días festivos, algo menos de los que tenemos hoy en día. Al final del Imperio, había ciento setenta y cinco al año, o sea, un día sí y otro no.

Los últimos cincuenta años del Alto Imperio fueron de anarquía, un emperador sucedía a otro y al que no lo mataban sus soldados, o su general más fiel, lo envenenaba su esposa, o se suicidaba. Llegaron a durar tan poco que varios no tuvieron tiempo ni de llegar a Roma a presumir del cargo.

Al final, logró subir al trono un gran general, Aureliano, que entre la política y la guerra, intentó controlar la situación en el Norte, si bien sabía de la inminencia de la catástrofe final, así que recurrió a una medida que supuso el sello del principio de la muerte de Roma y el comienzo del Medievo: poco antes de que a él también lo matasen, ordenó a todas las ciudades del Imperio que se amurallasen y que en adelante, confiasen sólo en sus propias fuerzas. Fue la abdicación, por insuficiencia, del poder central.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [14], [25].

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