martes, 26 de diciembre de 2017

Caída del Imperio romano de Occidente y reflexiones sobre su decadencia económica

Imagen: Tetrarcas,  foto de Nino Barbieri. Fuente: Wikipedia    
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Al final del Alto Imperio, la ciudad de Roma se había convertido en un problema para la clase política que, a estas alturas, más que nunca, tenía claro que al poder se accedía de la misma forma que se abandonaba: a navajazos.

En el año 284, mediante intrigas palaciegas, llegó al poder el hijo de un liberto dálmata, que reinó con el nombre de Diocleciano y cuyo cargo previo había sido el de jefe de pretorianos —así que algo sabía de cómo llegar al poder y lo fácil que era que lo echaran—. A él se le considera el último verdadero emperador romano. Mediante diversas medidas, cambió el sistema político de Roma de una forma entre imaginativa y evidente, probablemente forzado, en cada momento, por la complejidad de la situación ante la que se encontraba, más que por planes estratégicos preconcebidos. El resto de gobernantes, los que vinieron después; todos, con mayor o menor acierto, hicieron lo que pudieron ante una situación cada vez más compleja e ingobernable.

Diocleciano era consciente de los riesgos que acarreaban ser emperador romano en la ciudad de Roma y que el sitio más peligroso para él era su palacio allí, así que su primera decisión fue drástica y no exenta de polémica entre los senadores, que ya a estas alturas no pintaban nada. Transfirió la capital del Imperio lo más lejos que pudo, concretamente a Nicomedia, a unos cien kilómetros al este de Bizancio. El nombre actual de esta ciudad es Izmit, en Turquía, la cual tuvo el honor de ser la capital del Imperio Romano durante un tiempo, aunque ya antes la había hecho famosa Aníbal, porque fue allí donde se suicidó.

Ante la cantidad de problemas que tenían el Imperio y el emperador, Diocleciano separó el poder en dos figuras: Augusto y César. El augusto era el primero en el rango militar y el césar, una especie de príncipe, o vice-augusto, que lo reforzaba, secundaba o reemplazaba en caso de muerte. Además, consciente de la dificultad de mantener tantas fronteras, duplicó las figuras en Oriente y Occidente, creando por tanto dos augustos y dos césares (él se quedó como augusto en Oriente, que era la parte más tranquila y más rica del Imperio). Así quedó instaurada una tetrarquía, con uno de los cuatro tetrarcas, Diocleciano, más tetrarca que los otros tres.

Para medir el poco apego que los nuevos poderosos tenían a la ciudad de Roma, veamos donde se instauraron los tetrarcas: Diocleciano, Augusto de Oriente, se instaló en Izmit (Turquía) y nombró su césar oriental a Galerio, que se acuarteló en Mitrovitza (en la actual Yugoslavia). Maximiano, Augusto de Occidente, prefirió quedarse en Milán y nombró césar occidental a Constancio Cloro, ubicado en Tréveris, en Germania (cerca de la actual Luxemburgo). A estas alturas, nadie quería acercarse lo más mínimo a Roma, la cual pasó de ser la capital de un Imperio a convertirse en una ciudad ninguneada y excesivamente grande, llena de pobres, de monumentos y de intrigantes sin poder, fuera de los centros de influencia y sin ningún papel en la historia posterior. Roma venía de estar poblada por más de un millón de habitantes en el pasado; poco más tarde de esta historia, en la Alta Edad Media, pasó a tener unos diez mil, con sus gloriosas colinas llenas de hierba en las que pastaban las cabras.

En lo político, los dos augustos (Diocleciano y Maximiano) se comprometieron a abdicar a favor de sus césares tras estar veinte años en el poder. Para reforzar el compromiso, ambos augustos dieron a sus hijas por esposas de los césares. Diocleciano cumplió su compromiso; de hecho, fue el primer emperador que abdicó voluntariamente de su cargo para irse a su Dalmacia natal (Croacia ahora) a cuidar su huerto. Maximiano cumplió también, a instancias de Diocleciano, pero hizo un amago de volver, y al final lo tuvieron que echar y pedirle educadamente que se suicidara.

En lo económico, Diocleciano se creció y creó una economía dirigida que recuerda a la Unión Soviética, con planificación, nacionalización y mucha burocracia. Aunque el Imperio aguantó otros cien años, en general, las medidas de Diocleciano no fueron buenas ni tuvieron éxito y constituyeron nuevas bases económicas que se prolongaron en el Medievo y muchas de ellas, durante más de mil quinientos años, lastraron el desarrollo de Occidente.

Respecto al dinero, se introdujo un nuevo sistema monetario, con nuevas monedas de bronce, con precios tasados y fiduciarios (es decir, simbólicos) claramente sobrevaloradas; mientras las piezas de plata y oro seguían valiendo su peso real en este metal, con un valor intrínseco. Así, se crearon dos tipos de moneda: una “mala” de valor fijo y sobrevalorado (la calderilla, hecha en bronce) y otra “buena” fluctuante y con valor real (plata y oro).

En estas situaciones se da el efecto conocido como Ley de Gresham, que sucede cuando hay dos tipos de dinero (uno bueno y otro malo) dónde la moneda mala expulsa a la buena. El porqué de esto es lógico: todo el que paga quiere deshacerse de la moneda mala y ahorrar con la buena y todo el que cobra quiere capturar moneda buena y si le pagas en mala, pide más y sube precios. Por tanto, la tendencia es de mayor circulación de moneda mala, subida constante de precios y un Estado emitiendo cada vez más calderilla, encantado de ello, porque en la emisión va implícita una ganancia para él, lo cual es una forma de impuesto oculto llamada señoreaje (básicamente consiste en que yo, Estado, te vendo a ti, particular, una moneda de cinco céntimos que a mí me cuesta fabricar, pongamos, uno y, además, la inflación me viene estupendamente, porque así cada vez emito más moneda y aumento mis ingresos). Pero, como es lógico, joyas y vajillas de oro y plata, pasaron a convertirse en elementos monetarios corrientes y la moneda emitida por el Estado tendió a dejar de tener interés. Llevado esto al extremo, que al final acabó sucediendo, la economía abandonó el sistema monetario y pasó al sistema primitivo de intercambio.

En cuanto a la nueva forma de esclavitud, los campesinos y los colonos quedaron, por ley, vinculados a la tierra; fueron los llamados más tarde siervos de la gleba, que era una forma políticamente correcta de adecuar la nueva situación, en el entorno cristiano y sin mercados de esclavos para mano de obra, con trabajadores forzados en condiciones igual de malas.

A los obreros y artesanos, para no dejarlos fuera de estas arbitrariedades, se les congeló en corporaciones hereditarias que no podían abandonar, ni ellos ni sus descendientes. Esto fue el origen de los gremios, que acabaron siendo un lastre para el desarrollo económico de las sociedades modernas y que no desaparecieron hasta el siglo XIX, salvo el gremio de taxistas en España, que aún existe y sigue intentando, erre que erre, monopolizar el mercado, como si siguiéramos en el Medievo.

La consecuencia de esta economía dirigida fue la inflación y la evasión de capitales, ante las cuales, Diocleciano, a falta de soluciones reales, respondió de la forma más simple: negando lo evidente y declarando a ambas ilegales, reglamentando y reglamentando cada vez más, e intentando poner puertas al campo.

Hasta ahora Roma había sido un Estado con una base funcionarial mínima, pero como sucede en la Cuba actual, para que los ciudadanos actúen según reglas contra natura y no exista el estraperlo, las fugas de personas y capital, etc., hace falta mucha inspección. Así que se creó un nuevo lastre, porque el número de funcionarios creció y creció, pululando inspectores y superintendentes aquí y allá, intentando detener lo inevitable, hasta tal punto que, Lactancio, en aquella época, afirmaba que «de cada dos ciudadanos, uno suele ser funcionario».

Llegó la inevitable fuga del capital. Ante las limitaciones y los duros castigos económicos, muchos ciudadanos buscaron refugio más allá del Limes (las fronteras del Imperio) entre los pueblos bárbaros, donde podían trabajar en una economía menos dirigida. Mientras, las grandes haciendas se habían hecho autosuficientes, fuera del esquema tributario que imponía el comercio, privando con ello a las ciudades de su función industrial. La actividad comercial entró en un círculo vicioso contractivo. La economía entró en regresión, pasando a un sistema primitivo de subsistencia, la población fue descendiendo, las ciudades, antes florecientes, ahora quedaron desiertas y las villas de las grandes haciendas fueron pareciéndose cada vez más a fortalezas. A fines del siglo IV, el Imperio de Occidente era un armazón hueco que sucumbió bajo su propio peso.

Mientras, en Oriente, el ejército y la burocracia no eran menos parásitos que en Occidente, pero el Imperio bizantino era la parte más rica del Estado y allí, la economía aguantó la situación para financiar al Imperio otros mil años.

Las clases medias se extinguieron lentamente y sólo quedaron dos clases: los honestiores (terratenientes, obispos, generales y altos funcionarios) y los humiliores (artesanos empobrecidos y campesinos atados a la tierra). De urbes dinámicas, bulliciosas y abiertas se pasó a un mundo de ciudades en ruinas, caminos descuidados e inseguros que nadie se atrevía a transitar y campos que apenas producían lo necesario para alimentar a sus labradores.

Como conclusión, es necesario separar la crisis política de la económica. Una de las principales razones del fracaso de la economía romana fue la falta de creatividad tecnológica que hubo en ella. A pesar del gran legado jurídico y cultural que dejó, existió siempre un notable desinterés por la ciencia y la tecnología. Incluso malos emperadores, como Tiberio y Nerón, impulsaron reformas innovadoras en la administración, pero los cambios siempre se concebían en referencia a leyes y costumbres, no buscando mejoras tecnológicas. Se sabe, por ejemplo, que un ingeniero griego llamado Hero de Alejandría inventó una máquina de vapor en el siglo I dE, denominada aelolipila que nunca pasó de considerarse como una curiosidad de feria; la rueda hidráulica y el molino de viento se habían inventado en el siglo I adE, pero su uso no se difundió hasta la Edad Media. Los ingenieros romanos fueron hábiles en la construcción de calzadas, acueductos o cúpulas, pero no se invirtió ningún esfuerzo en inventar máquinas que ahorrasen mano de obra. No fue por tanto falta de inteligencia, sino de interés.

La falta de interés en los avances tecnológicos energéticos provenía de la ausencia de estímulos para ello. La mayor parte del trabajo productivo se realizaba por esclavos o siervos. Una inversión para la mejora en la tecnología no habría producido un aumento en el beneficio, ya que la mano de obra era prácticamente gratuita. Tampoco había el menor interés por mejorar las condiciones de vida de los esclavos, a los que se consideraba una mera propiedad sobre la que el dueño tenía todos los derechos.

Así pues, el carácter esclavista del Estado Romano permitió producir magníficas obras de arte y literatura (copiadas siempre de los griegos) incluso contribuir al desarrollo administrativo y jurídico de la civilización posterior (cosa que a los griegos se les daba muy mal) pero nunca dejó de ser una estructura económica piramidal, incapaz de lograr un crecimiento económico paralelo. Incluso si el Imperio hubiera sido políticamente perfecto, la economía sobre la que se apoyaba, nunca fue sostenible y su final era claramente predecible.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [4], [8], [14].

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