domingo, 3 de diciembre de 2017

Estructura de la antigua República, en Roma

Imagen: Cicerón ataca a Catilina. Fuente: Wikipedia
Escuchar el audio (recomendado):


En el año 509 adE, el antiguo régimen, constituido por los patricios, logró desembarazarse del último rey mercader, Tarquino el Soberbio, y recuperar cuotas de poder que este rey y sus parientes antecesores les habían estado quitando.

En la nueva República, los comicios quedaron bajo el control de los patricios, el Senado recuperó su primacía, asegurándose el dominio de la política exterior y la aprobación última de las leyes. Los antiguos reyes, con poder perpetuo y global, dieron paso a magistrados especializados, con poder sobre parcelas restringidas y períodos muy cortos. La Administración era ahora más compleja, pero seguía vedada a los plebeyos.

La nueva Administración situaba a la cabeza del Estado a dos cónsules, que eran los caudillos políticos y militares que debían gobernar la República de mutuo acuerdo. Luego seguían los pretores que administraban la justicia, los cuestores que gestionaban el erario público, los ediles que velaban por el orden de la ciudad y los censores, que eran los que más tiempo duraban en el cargo, cinco años, que se ocupaban de guardar las buenas costumbres y realizar el censo de los ciudadanos.

Existían dos órdenes: el orden senatorial, integrado por propietarios de tierras, “sólo tierras”, suficientes para garantizar una renta anual de al menos un millón de sestercios; y el orden ecuestre, o de los caballeros, integrado por quienes aseguraban al menos cuatrocientos mil sestercios al año, vinieran o no de la tierra. Más tarde, en las provincias, aparecería un tercero, el decurional, formado por las oligarquías locales.

Los primeros se sentaban en el senado, los segundos poseían el poder financiero e industrial y los terceros se conformaban con el gobierno municipal. Finalmente quedaba la plebe, organizada en cinco clases desde la época de la monarquía, la mayoría sin ningún tipo de derechos, ya que en los aparentemente democráticos comicios centuriados, que elegía los cargos públicos, dominaba la primera clase, con 98 de los 193 votos.

Los primeros años de la República no fueron fáciles, Roma se vio atacada por sus vecinos y su influencia territorial mermó significativamente a causa de las guerras. La plebe estaba en una situación desesperada; tras haber luchado, abandonando los campos para ello, éstos se habían perdido para caer en manos de los enemigos; los campesinos habían incurrido en deudas que no podían pagar y que daban derecho al acreedor a encarcelarlo, venderlo como esclavo o matarlo.

Así estaban las cosas en el año 494 adE, cuando, después de la implantación de la República, tras una mala racha de catorce años de pérdidas constantes de territorio desde su instauración, la plebe era un hervidero de insatisfacciones. Los más pobres solicitaban un nuevo reparto de tierras y la condonación de sus deudas y los más ricos, el derecho a elegir magistrados propios, desde su condición de plebeyos. Al principio los patricios hicieron oídos sordos, hasta que se produjo una especie de huelga general: la plebe, al menos gran parte de ella, se retiró al Monte Sacro, a cinco kilómetros de Roma y plantó cara al poder establecido, negándose a aportar soldados al ejército, braceros a la tierra u obreros a la industria. Mientras, las tribus bárbaras seguían recortando territorio y amenazando con entrar en la ciudad, así que apremiaba la necesidad de hacer entrar en razón a la plebe para que se reincorporara a la actividad regular, sobre todo como soldados.

Tras duras negociaciones, el Senado se plegó a todo: canceló las deudas, restituyó la libertad a los que habían caído en la esclavitud por ellas y creó la figura de dos tribunos y tres ediles, elegidos por la plebe cada año. Los tribunos, que llegaron a ser cinco al final de la República, tenían inmunidad absoluta y más tarde, tuvieron facultad de veto ante las leyes.

Tras pleitos intestinos entre patricios y plebeyos y algún disgusto gordo con los galos, que llegaron a expoliar la ciudad sin apenas resistencia (con la única excepción del graznido de los gansos del Capitolio, que por su inestimable ayuda se convirtieron en sagrados), al final, Roma acabó fortaleciéndose en lo militar y en lo institucional.

Hasta ahora, las leyes habían sido secretas e interpretadas por la Iglesia, que leía los indicios ofrecidos por los dioses, ambos, Iglesia y dioses, en manos de los patricios. Así que al que juzgaban le podía pasar cualquier cosa dependiendo del día que tuviera el sacerdote de turno y, si además la persona juzgada era plebeya, podía temerse lo peor. La plebe pidió una base legal pública escrita y amenazó con una nueva “espantada” al Monte Sacro, ante lo cual el Senado no tuvo más remedio que capitular y creó una comisión de diez legisladores a los que se les dio plenos poderes por dos años, los decenviros, que redactaron el código de las Doce Tablas, base escrita y pública del derecho romano. Corría el año 451 adE, trescientos años después de la fundación de la Urbe. Al final, los decenviros le tomaron gusto al cargo y costó echarlos, pero, igual que sucedió en el final de la monarquía, a raíz de una historia escabrosa de uno de ellos en la que salió malparada; o sea, muerta, una doncella, esta vez, de nombre Virginia, tuvieron que renunciar al poder ante el tremendo revuelo que se originó.

El modelo romano se basaba en la desigualdad legal entre grupos sociales, la autoridad del varón sobre la esposa y los hijos y la personalidad jurídica de los lazos entre familias emparentadas. El paterfamilias tenía el derecho sobre la vida de su mujer e hijos.

Para ascender socialmente estaba estipulada la carrera de honores, que comenzaba en el ejército, al que se ingresaba a los dieciséis años. Ni que decir tiene que las mujeres estaban fuera de ello así que los hombres, por supuesto de buena posición, tenían que haber sobrevivido a diez años de vida militar. Si todo había ido bien en ese primer período, el siguiente paso era optar a un puesto administrativo, de cuestor, por un año. Si al final del mandato habían gustado, podían seguir ascendiendo. Si la cosa había ido mal quedaban suspendidos por diez años a cualquier cargo público. Luego, de seguir yendo todo bien, podían optar a edil (había sólo cuatro) después a pretor y finalmente a censor, cuya elección era cada cinco años. Lo de ser uno de los dos cónsules, que eran los jefes del poder ejecutivo, iba por otro lado.

A los dos cónsules los tenían que elegir en los comicios centuriados y teóricamente, al menos uno de ellos debía ser plebeyo. En la realidad esto nunca fue así, entre otras cosas porque el ritual empezaba por preguntar a los dioses si los aspirantes eran o no de su agrado, cosa que sólo sabía interpretar el que preguntaba, que de una forma u otra venía a estar muy bien avenido con el Senado, razón por la cual los aspirantes a cónsules tendían a cuidar mucho su relación con los senadores. En tiempos de paz los cónsules eran como los primeros reyes: jefes religiosos, presidentes del Senado y los Comicios, y legisladores. En caso de guerra, dirigían, cada uno de ellos, a la mitad del ejército.

A estas alturas, había tres tipos de comicios:

Los comicios curiados, que venían de la época de Rómulo, y estaban formados por patricios descendientes de los fundadores. Al principio de la República elegían cónsules, pero tuvieron que ceder poder poco a poco, hasta pasar a convertirse en una institución simbólica. Su misión final fue de tipo heráldico, para decidir si tal o cual persona descendía de una familia u otra.

La asamblea centuriada, a la que pertenecía todo aquél que había cumplido el servicio militar (se excluían extranjeros, esclavos y pobres) reunidos a requerimiento de un tribuno o un cónsul y sólo podían votar «sí» o «no» a las propuestas de leyes u ordenanzas formuladas por el magistrado que las convocaba. Había sido creada en época de la monarquía y tenía un carácter conservador, derivado de la desigualdad de poder entre las cinco clases, donde sólo la primera clase, la más rica, ya contaba con más de la mitad de los votos.

Los comicios tribunos, creados a partir del plante de los plebeyos en el Monte Sacro. Originariamente elegían a las nuevas figuras de magistrados que se crearon. Poco a poco fueron cobrando importancia y al final de la República ya nombraban cuestores, ediles de la plebe y tribunos militares, que tenían rango consular. Al igual que en los centuriados, sólo podían votar «sí» o «no», pero aquí, a diferencia de allí, el voto era individual e independiente del poder económico del que lo emitía.

Con esta estructura política, la plebe estaba condenada a un continuo pleito entre la asamblea centuriada, conservadora, y los comicios tribunos, cuyos cargos obstaculizaban constantemente la labor de la anterior, por lo que los cónsules vivían en un equilibrio difícil; además había dos consules, y cada uno de ellos tenía derecho a veto sobre las decisiones del otro. De esta continua paralización del poder ejecutivo salió beneficiado el Senado, que ya contaba con 300 miembros. Aunque sus decisiones no tenían fuerza de ley, no había cónsul que se atreviera a contradecirlo.

Esta fue la Roma que durante doscientos años se dedicó a conquistar la península itálica hasta convertirse en una gran potencia con tremendas contradicciones internas: los ricos eran cada vez más ricos y los pobres, cada vez más pobres. En la práctica, todo quedaba resumido a una alianza entre los patricios, que querían más tierras, y los plebeyos ricos, que dominaban la artesanía y el comercio. La mejor solución para el negocio de ambas clases era la guerra de conquistas, a la que se dedicaron con ahínco.

Pero, dar el siguiente paso y salir de la península, para conquistar el resto del mundo conocido, tenía una amenaza: Cartago, la antigua colonia fenicia que dominaba el Mediterráneo y que tenía aspiraciones parecidas a Roma. Así que durante los siglos III y II adE, fenicios y romanos libraron las guerras púnicas con una tremenda pérdida de ciudadanos y patricios para Roma, pero que supuso la total aniquilación de los vencidos. Cartago fue arrasada y con ello, la balanza de la civilización se inclinó definitivamente hacia Occidente.

Las guerras continuas supusieron la ruina definitiva del campesino, forzado a servir en las legiones para conquistar nuevas tierras, las cuales se convertían en latifundios en manos de los patricios, que las explotaban con los esclavos vencidos, comprados a precios de saldo, con un coste de producción contra el que el campesinado no podía competir. La única solución para los campesinos era vender las tierras a los latifundistas y emigrar a Roma, a vegetar, sin más fuerza que su voto de ciudadano, que los poderosos compraban encantados, con pan y circo, con tal de provocar o evitar revueltas, según les interesara. Esta masa pasiva en la Urbe fue una constante durante la República y más tarde en el Imperio. A diferencia del resto del Estado, que pagaba la broma vía impuestos, el que vivía en la capital no tenía que trabajar para vivir, porque recibía una ración diaria y gratuita de grano, por ley. En el siglo III dE llegaron a ser unas 200.000 familias (500.000 personas) las que vivían en estas condiciones.

Ante esta tremenda situación social, comenzaron las luchas políticas de los poderosos, organizados en dos partidos: los optimates, a espaldas de la realidad, partidarios de la oligarquía y por tanto de la supremacía del Senado y los populares, que pretendían frenar el empobrecimiento de las masas y se apoyaban en las asambleas de la plebe para frenar el poder del Senado. Los optimates tuvieron su momento álgido durante la dictadura de Sila que, tras matar a 90 de los 300 senadores existentes, por un quítame allá esas pajas, aumentó su número a 600, para promocionar a sus seguidores. El esplendor de los populares llegó poco después, con la dictadura de Julio César que, para equilibrar fuerzas e incluir a sus fieles, aumentó el Senado a 900 miembros. Recordemos que Rómulo fundó el Senado con cien miembros. Los 900 de Julio César nos pueden parecer muchos, pero, si tenemos en cuenta que, en la actualidad, en el Parlamento Europeo de Estrasburgo hay 750 europarlamentarios, sin apenas atribuciones y unos sueldos y gastos de escándalo, tampoco es para sorprenderse de esta inflación de cargos de la República romana.

En los últimos años de la República, el ejército también sufrió cambios importantes, porque antes estaba formado por campesinos libres que abandonaban temporalmente su terruño para ir a guerrear a algún sitio cercano durante pocos meses y volvía a sus campos para recoger la cosecha. Ahora el ejército estaba profesionalizado, el servicio duraba veinte años y su esperanza de retribución consistía en los botines de guerra que se les repartía y las tierras que les adjudicaba su jefe militar en los terrenos conquistados, en el momento de la licencia. Así, el soldado cambió su fidelidad al Estado, que era algo que le quedaba lejos, por la fidelidad a su general, que le llevaba de victoria en victoria, lo enriquecía en el corto plazo y del cual dependía su futuro a largo. Esto fue la causa del final de la República, porque la ambición de los grandes generales era secundada por su ejército y lo que comenzaban siendo diferencias políticas y enfrentamientos de egos acabaron convirtiéndose en guerras civiles, primero entre Mario y Sila, más tarde entre Pompeyo y Julio César hasta que, finalmente, la sostenida entre Marco Antonio y Octavio puso punto final al régimen republicano para dar paso al Principado, también conocido como Alto Imperio, que inauguró Octavio.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [3], [13], [14].

Escuchar el audio:




No hay comentarios:

Publicar un comentario