domingo, 7 de enero de 2018

Tres historias de impuestos e inflación en la Edad Antigua

Imagen: Dionisio I de Siracusa,
por Gillaume Roullé. Fuente: Wikipedia    
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No cabe duda de que los impuestos son necesarios para el mantenimiento de una sociedad y sus instituciones, otra cosa distinta es la forma de recaudarlos y el empleo que el Estado hace de ellos.

Respecto a la forma de recaudarlos, hasta hace menos de doscientos años, los sistemas tributarios han sido regresivos, lo que significa que la proporción a pagar disminuye conforme aumenta la renta de las personas; por tanto, los ricos pagan menos o, directamente, no pagan. Lo contrario, la tributación progresiva es una cosa muy reciente que no siempre se ha logrado.

Yendo ya a la Edad Antigua, esta regresión tributaria, por ejemplo, provocó que en varios momentos de crisis económica en Roma, los pequeños propietarios de tierras no pudieran afrontar los tributos que se les exigían y pusieran sus propiedades en manos de los propietarios de las grandes villas, que estaban exentas de impuestos, pasando ellos, los colonos, a ser una mera propiedad de los terratenientes.

Respecto al empleo de los impuestos, en el Occidente actual vivimos en estados con instituciones económicas inclusivas, que implican la existencia de derechos de propiedad seguros y oportunidades económicas no solamente para la élite, sino también para el resto de la sociedad. Pero, en la Edad Antigua, las instituciones que existieron fueron instituciones extractivas, que tenían como objetivo extraer rentas y riqueza de una parte de la sociedad, amplia y de bajos recursos, para beneficiar a la otra parte, minoritaria, conformada por las élites. Si unimos esto a lo anterior, lo que resulta es una sociedad doblemente injusta, en la que la carga tributaria soportada por los individuos es inversamente proporcional a los privilegios obtenidos por ella.

Los impuestos son, al menos, tan antiguos como la historia escrita. Como en otros muchos aspectos de la economía, la pauta surgió en Sumer. Allí, además de los impuestos regulares, necesarios para mantener el statu quo de gobernantes, sacerdotes y militares, se atravesó por conflictos que hicieron necesario establecer impuestos extraordinarios. Allí y entonces, como sigue pasando aquí y ahora, una vez que se creaba un nuevo impuesto por razones extraordinarias, el tributo llegaba para quedarse y nadie se acordaba luego de eliminarlo.

Sobre la presión impositiva que se alcanzó, alguien escribió en Sumer hace 4.500 años, en una tablilla de barro, un texto que dice, más o menos, así:

“El inspector de los barqueros requisaba las barcas. El inspector del ganado requisaba las reses grandes y las pequeñas. El inspector de las pesquerías requisaba el producto de la pesca. Cuando un ciudadano llegaba a esquilar a Palacio una oveja, tenía que pagar cinco siclos si la lana era blanca. Si un hombre se divorciaba de su esposa, el rey recibía cinco siclos, el visir uno y el intendente de Palacio, otro. Cuando se llevaba a enterrar a un difunto en el cementerio, siempre se encontraba allí un enjambre de funcionarios y otros parásitos dispuestos a sacar a la enlutada familia todo lo que pudieran de cebada, pan, cerveza y mobiliario. De uno a otro confín del Estado había recaudadores de impuestos”.

El contenido del texto resulta tan actual que parece que, en vez de hablar del Sumer de hace casi cinco mil años, nos estuviera hablando de la Junta de Andalucía a día de hoy.

Desde que el dinero se formalizó en Mesopotamia, primero con la creación del dinero cebaba y luego, con la definición del siclo, que eran 8,33 gramos de plata, muchas sociedades durante la Edad Antigua vivieron en economías monetizadas. La moneda resultó muy útil al Estado, porque regulaba la actividad económica, favorecía el comercio y facilitaba sus ingresos mediante su acuñación y la recaudación de impuestos.

La acuñación de moneda es otra forma de obtener ingresos por parte del Estado; a esta potestad de emisión de dinero se le conoce como señoreaje o impuesto inflacionario.

El derecho de señoreaje es el nombre que se da al monopolio que detenta el poder político para la creación de dinero. Se trata de un impuesto disfrazado, ya que con un coste mínimo para el Estado se obtiene una vía extraordinaria de financiación del gasto y la deuda pública. De esto se dieron perfecta cuenta sátrapas, reyes y emperadores desde el principio de la revolución urbana. De forma que, aunque al principio de la historia del dinero, éste pudo ser acuñado por particulares —claro está, muy ricos— pronto fue una potestad con derecho exclusivo que reclamó para sí el Estado.

Los monetaristas defienden, e incluso demuestran, los efectos de la teoría cuantitativa del dinero, que viene a decir que la inflación es fruto de la diferencia entre el aumento de la oferta nominal de dinero (conocido como oferta monetaria) y la producción de una economía (que ahora llamamos PIB). Por ejemplo, si el Estado aumenta la cantidad de dinero en circulación en un 10%, pero su producción sólo aumenta un 2%, la inflación resultante será del 8%.

Al derecho de señoreaje se le conoce como impuesto inflacionario, porque mediante la emisión de dinero y, por tanto, creación artificial de inflación, el Estado consigue financiarse de una forma encubierta.

Veremos ambos efectos del señoreaje con un ejemplo que sucedió en Sicilia hace 2.500 años y que ilustra perfectamente lo dicho antes.

Dionisio I, llamado el viejo, fue tirano de Siracusa de 405 a 367 adE. Antes de llegar al poder había recibido una buena educación e incluso cuando estuvo en él, trabó amistad con Platón, que trató de instruirlo en filosofía con el propósito de convertirlo en un rey-filósofo. Su gobierno estuvo en situación de guerra constante para expulsar a los cartagineses de Sicilia y también participó en la Guerra del Peloponeso apoyando a su aliada, Esparta, contra Atenas. Llegó a tener un gran ejército, principalmente mercenario, e invirtió en innovación, contratando ingenieros para fabricar nuevas armas de guerra poderosas, como la catapulta u otros artefactos lanzadores, ancestros de la ballesta. Fue, por tanto, un hombre influyente y con visión en la Magna Grecia que, sin embargo, tiene el dudoso honor de ser el primer ejemplo datado en la historia de los efectos perniciosos que tiene el impuesto inflacionario vía la reacuñación de la moneda, cuando al Estado se le va la mano al aplicarlo.

La financiación de una guerra interminable es un coste que hay que pagar con religiosidad, especialmente si las huestes son mercenarias. Pero no siempre se tiene la suerte de contar con botines capturados para financiarse, así que tarde o temprano hay que recurrir a la ciudadanía por dos vías: deuda pública (que viene a ser, más o menos, voluntaria) e impuestos (que siempre son coercitivos). Y eso fue lo que sucedió en la Siracusa de Dionisio I, altamente endeudada con algunos de sus ciudadanos, mediante deuda pública formalizada en forma de pagarés y un ejército que exigía sus soldadas con regularidad, so pena de revolverse. Dionisio intentó resolver la situación con una maniobra aparentemente impecable desde el punto de vista de un tirano, pero con repercusiones que al final volvieron a llevar las cosas al punto de partida.

Con el objetivo de resolver simultáneamente los dos problemas que tenía, deuda pública y liquidez, Dionisio decretó que todos los ciudadanos entregasen sus monedas al Estado para su reacuñación. El castigo de no hacerlo era la pena de muerte, lo cual añadía una tercera ventaja para él porque, mediante este decreto, podía además quitar de en medio a alguno de los muchos opositores que tenía y confiscar sus bienes. Las monedas de Siracusa, entonces, eran de un dracma, con un valor intrínseco equivalente, en plata.

Una vez recogida toda la masa monetaria disponible en Siracusa, se procedió a la reacuñación de las monedas, doblando su valor facial a dos dracmas, resellándolas. Por tanto, se mantenía el valor intrínseco en plata de las monedas, pero se doblaba su valor nominal. De un día para otro, la masa monetaria de Siracusa se duplicó.

Por supuesto, a continuación, se devolvió el dinero a los ciudadanos: así, por ejemplo, el que había entregado cien monedas de un dracma, ahora recibía la mitad de ellas, cincuenta monedas de dos dracmas, reselladas. Se devolvía por tanto la misma cantidad de dinero, pero la mitad del valor intrínseco. Luego, con la mitad de las monedas recogidas y retenidas, se pagaron las deudas del Estado a sus acreedores, con piezas que tenían un valor facial del doble de su valor real. Esto fue una quita de deuda pública del 50% en su valor intrínseco. Por tanto, con esta aparentemente brillante medida, entre lo devuelto a los ciudadanos y las deudas pagadas, con la misma cantidad de monedas en circulación, se dobló el número de dracmas circulantes y el efecto fue una confiscación de la riqueza de la población por la doble vía de reducir tanto el valor real de las monedas como el de la deuda pública.

Puede que al principio algún ciudadano se quedara tranquilo con esta medida, pero los comerciantes no padecían de ilusión financiera y rápidamente evidenciaron cual era la nueva realidad. No era de esperar que cualquier barco que llegara al puerto con mercancía se conformara con entregar un mismo artículo a cambio de la mitad de plata, pusiera lo que pusiera el resello que había ideado Dionisio.

La consecuencia inmediata fue que, tras aumentar artificialmente la oferta nominal de dinero un 100%, que no estaba asociada a ningún cambio productivo y, por tanto, manteniendo la producción de Siracusa constante, la inflación resultante fue del 100%. El efecto fue que la moneda valía el doble pero las cosas valían también el doble.

La inflación es un recurso histórico que el poder siempre ha ejercido, adulterando el valor real de la moneda, generando beneficios por la doble vía de obtener ingresos por las propias monedas y por la reducción asociada de la deuda pública. Reacuñar monedas, adulterar su valor implícito, bajar su ley, se convirtió en un hábito utilizado recurrentemente en Roma tanto en la época de la República como del Imperio.

Por ejemplo, la famosa Pax que tan beneficiosa fue para el comercio y el engrandecimiento romano tuvo consecuencias sociales que, como siempre pasó allí, repercutieron negativamente en los de abajo de la pirámide social.

Tras la destrucción de Cartago y Corintio en 146 adE, ya no quedaban civilizaciones ricas que expoliar, mientras los gastos militares de la República seguían siendo altos debido a que tribus pobres de las que no se podía extraer nada, como las de Hispania, provocaban un desgaste terrible de hombres y recursos mediante guerras de guerrillas. La situación financiera del Estado era insostenible, así que se recurrió a la política monetaria. Para ello, el denario de plata, que hasta entonces valía 10 ases de bronce, se revaluó, pasando a valer 16 ases, con la sabida consecuencia de inflación. La maldad añadida de esta revaluación del denario fue que consistió en un impuesto regresivo, ya que, la inflación generada no repercutió en los ricos, poseedores de denarios, cuyo valor se mantuvo, sino en los pobres, poseedores de ases, cuyo valor de mercado bajó casi un 40%. Roma siempre ascendió pisándole la cabeza a su propia base.

Veamos otro ejemplo acerca de lo que sucede cuando la oferta monetaria se dispara, la economía se calienta y llega un gobernante a aplicar una medida correctora, aunque sin mucho tino. Para ello, vamos a viajar aproximadamente a 2.000 años antes de La Gran Depresión de 1929 o la Crisis Subprime de 2007. Sucedió en Roma, cuando Augusto volvió de Egipto después de deshacerse de Marco Antonio y apropiarse de las riquezas de Cleopatra, la última de los Tolomeos. Esta historia sucedió entonces, pero parece extraída de la prensa del pasado siglo o, peor, de la última década.

Los años anteriores al fin del triunvirato habían sido un auténtico desastre para Roma. Las guerras civiles, además de las medidas populistas de Julio César, habían arruinado al Estado y hecho languidecer al comercio. Pero, afortunadamente, Augusto volvió de Egipto con un inmenso tesoro que puso inmediatamente en circulación para calentar la economía. Y lo logró, pero a costa de una inflación galopante durante su reinado.

Su sucesor, Tiberio, intentó detener la espiral de subida de precios y para ello reabsorbió una parte de la moneda circulante, con lo cual creó falta de liquidez en el mercado. Así que la gente fue a los bancos a retirar sus depósitos. El primer banco romano cayó en un solo día, el pánico cundió y la historia se repitió banco tras banco. Pero, las economías de Roma y sus provincias estaban muy relacionadas, y en semanas, la crisis se había extendido a los bancos de Lyon, Alejandría, Cartago y Bizancio.

Las industrias y el comercio no pudieron pagar a sus proveedores y también cerraron. Hubo quiebras en cadena y suicidios. Como en veces anteriores y luego en posteriores, muchas pequeñas propiedades no pudieron hacer frente a sus deudas y cayeron en manos de latifundistas fuertes. Entonces, los precios se derrumbaron.

Tiberio, que al principio de su mandato fue un hombre recto y sensato, tuvo que rendirse a la evidencia de que la deflación puede ser aún peor que la inflación y se vio obligado a entregar una enorme cantidad de dinero a los bancos para que los pusieran inmediatamente en circulación, con orden de prestarlos por tres años, sin intereses. Una vieja historia con dos mil años de antigüedad que hoy nos resulta muy familiar y cercana y nos muestra la importancia del sistema bancario en una economía estructurada.

Roma se repuso y, para cuando asesinaron a Tiberio, la economía romana estaba saneada y preparada para que llegara el siguiente emperador, un tal Calígula, y la volviera a destrozar, porque la historia de Roma es una constante lucha entre el intento de mantener una economía insostenible, por parte de gobernantes sensatos y la insensatez de una panda de tarados y manejos de su entorno pretoriano, mucho más famosos ahora que los sensatos, que han pasado a la historia gracias a anécdotas crueles, que caen fuera del alcance de este blog.

Fuentes de la bibliografía: [1], [2], [8], [9], [14], [15], [20], [21].

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