domingo, 1 de abril de 2018

El viaje del conocimiento antiguo 3/3. De Atenas a Alejandría

Imagen: Representación artística
del interior de la Biblioteca de Alejandría,
con base en algunas evidencias
arqueológicas (O. Von Corven)
.
Fuente: Wikipedia
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Una perspectiva histórica

En el siglo IV adE, la cultura griega había empezado a declinar y, con ella, su ciencia. El proceso de decaimiento se aceleró tras el sometimiento de Atenas a Alejandro Magno.

Alejandro, para consolidar su imperio, decidió construir una nueva capital en Egipto que se llamaría Alejandría un nombre muy poco original que venía usando para muchas ciudades que iba fundando a su paso. Cuando murió, en 323 adE, su proyecto egipcio aún estaba incompleto.

Tras la desmembración del Imperio macedonio, Egipto quedó en manos de Ptolomeo I, que fraguó para la ciudad un proyecto aún más ambicioso que el de Alejandro: convertir a Alejandría en la capital del mundo en lo referente al comercio, la cultura y la inteligencia. Junto a su palacio construyó un Museum, o Templo de las Musas, que era el equivalente a una universidad moderna, a través de la cual, Alejandría reemplazaría a Atenas como capital mundial de la cultura y se convertiría en el hogar de la ciencia durante los mil años siguientes.

Hacia 300 adE la universidad estaba lista y, para crear su cuerpo gestor, se llamó a los sabios más eminentes de aquel tiempo, muchos provenientes de Atenas.

Ptolomeo II no fue menos entusiasta que su predecesor; fundó la Biblioteca, dividida en cuatro departamentos: Literatura, Matemáticas, Astronomía y Medicina; cada uno con su propio bibliotecario. Se cree que en los primeros 40 años, ya había acumulados 400.000 manuscritos.

El principio fue brillante, con fuerte apoyo oficial y un cambio transcendental en el Método, tras el traslado de Grecia a Egipto. Se pasó de la especulación soñadora de los griegos a estudios más sistemáticos.

Tras 300 años gobernando, la dinastía ptolemaica llegó a su fin con la muerte de la reina Cleopatra, y los romanos se hicieron cargo de la administración de Egipto.

Los romanos fueron grandes legisladores e ingenieros civiles, pero simpatizaban poco con el pensamiento abstracto, lo cual no presagiaba nada bueno para la ciencia refugiada en Alejandría. No obstante, una gran cualidad romana vino a reforzar la universidad alejandrina: la tolerancia de Roma con los pueblos conquistados.

Los romanos permitieron que el espíritu y la lengua griega prevalecieran en Alejandría, cuya universidad, repleta de estudiantes, pasó nuevamente a ser un gran centro de investigación y de instrucción.

La calamidad llegó con el cristianismo y sus ideas sobre el mundo material. Sirva como ejemplo lo escrito por Tertuliano acerca del juicio final: «Cómo me admiraré yo, cómo me reiré, como me regocijaré cuando contemple […] a tantos sabios filósofos sonrojarse dentro de las rojas llamas con sus engañados discípulos».

Cuando Roma fue tomada por Alarico y éste abrazó la fe cristiana, llegó una etapa tenebrosa para la ciencia, en la que el sacerdocio dominó todo el pensamiento humano y la actividad cultural. Estas tinieblas tardaron en disiparse más de mil años.

Las matemáticas en Alejandría

Euclides (h 300 adE). Fue el primer gran matemático. Llegó a ser guardián y bibliotecario del departamento de matemáticas de la universidad. Su obra más famosa es la llamada Elementos de Geometría, punto de arranque de la geometría euclidiana que aún se enseña en nuestras escuelas según los contenidos que se indican en ese tratado. Escribió también sobre astronomía, música y óptica. Aunque en estas materias mantuvo algunas opiniones erróneas, hay que reconocerle que presentó las leyes de la reflexión de la luz con toda exactitud.

Arquímedes (h 250 adE). Fue el más grande de los matemáticos alejandrinos. Estudió en Alejandría y volvió a su patria, Sicilia, donde murió durante la toma de Siracusa por los romanos. Vivió en tiempos de guerras intensas, así que tuvo que dedicar parte de su ingenio a efectos militares, como el uso de lentes convergentes para quemar barcos, o catapultas, entre otros inventos que se le atribuyen con mayor o menor rigor histórico.

Entre sus invenciones pacíficas estuvo el Tornillo de Arquímedes —dispositivo para elevar agua— que ha estado en uso en Egipto hasta tiempos recientes.

Su aportación más valiosa fue la medición del peso específico de las sustancias, utilizando el agua como unidad de referencia que aún se conserva. En matemáticas, se le atribuye π2 para el cálculo del área del círculo y consiguió una buena aproximación del valor de π. Escribió sobre los principios de la palanca, la polea y las espirales; estudió progresiones geométricas y propiedades de los exponentes que 2.000 años después serían la base de los logaritmos.

Herón de Alejandría, probablemente un siglo posterior a Arquímedes, inventó un gran número de artificios mágicos y de juguetes mecánicos, entre ellos, la primera máquina de vapor conocida: que mediante un tubo, distribuía el vapor por cuatro pitones que giraban alrededor de un eje. En lo abstracto, destacan sus estudios en óptica, ampliando los estudios de la reflexión, de Euclides. Lamentablemente para Herón, sus avances mecánicos no pasaron de ser considerados como meras curiosidades de feria para los romanos, que solucionaban lo mecánico empleando esclavos.

Apolonio (h 200 adE) escribió un tratado sobre las secciones cónicas que en su día introdujo Merecmo, en Atenas; fue el que les dio nombre: parábola (la aplicación), elipse (la deficiencia), e hipérbole (el exceso).

La importancia de las cónicas de Apolonio no se puso de manifiesto hasta que Kepler, en 1609, encontró que los planetas se mueven según órbitas cónicas y Newton, en 1687, demostró que esto tenía que ser así debido a la acción gravitatoria del Sol.

Papo, ya en el siglo IV dE sobresalió, avanzando sobre la geometría de Apolonio, tendiendo un puente hacia la moderna Geometría Analítica, que desarrollaría Descartes mil doscientos años después. Pero Papo tuvo la mala suerte de estudiar sobre algo que, en su momento, carecía de todo interés. Se cree que los problemas que él propuso fueron lo que llevó a Descartes a la invención de su geometría.

Diofanto, también en el siglo IV dE, fue el primer matemático conocido que utilizó el uso sistemático de símbolos y con ello, de los métodos algebraicos. Los utilizó para las potencias, la igualdad, el signo negativo y probablemente otros. Esto supuso un adelanto abstracto importante que aceleró el avance de la ciencia.

Diofanto fue un libertador de la ciencia de la cantidad, que hasta sus aportaciones estaba sometida a los grilletes geométricos que ataban a la cantidad en términos de longitudes y de áreas y que por tanto, hacía difícil enunciar teoremas que no admitieran una interpretación geométrica.

Lo que antes habría que representar con figuras geométricas pintadas, a partir de ahora podía expresarse en ecuaciones elegantes, similares, por ejemplo, a la famosa ecuación de la energía de Einstein: E=m.c2.

Se sabe que Diofanto utilizó sus nuevos métodos algebraicos para resolver ecuaciones de primer y segundo grado, de la forma:

ax +b =0
ax2+bx+c =0

La Astronomía en Alejandría

Aristarco de Samos (h 300 adE) abandonó los acostumbrados métodos griegos de especulación y fue el primero que hizo observaciones astronómicas con verdadero espíritu científico y deducciones hechas por métodos estrictamente matemáticos, en concreto, trigonométricos. Cometió errores cuantitativos de bulto, pero aun así, demostró que el Sol está mucho más distante que la Luna y que ambos tienen tamaños muy diferentes y que, a su vez, el Sol es muchas veces más grande que la Luna. Emitió la hipótesis de que «las estrellas fijas y el Sol permanecen inmóviles; y que la Tierra gira alrededor del Sol siguiendo la circunferencia de un círculo».

Las ideas de Aristarco eran demasiado avanzadas para su tiempo, no calaron y fue incluso acusado de impío, como lo había sido Anaxágoras en Atenas. El pensamiento no estaba todavía preparado para abandonar la idea de la humanidad como parte central del universo.

Eratóstenes (h 250 adE) fue el principal conservador de la biblioteca. Escribió de muchos asuntos, pero lo más conocido fueron sus trabajos para medir las dimensiones de la Tierra basándose en tomar como referencias la incidencia del Sol en el fondo de un pozo en Siena (la actual Asuán) durante el mediodía de un día de verano y la inclinación de los rayos a esa misma hora en Alejandría —un método que no era nuevo—. Sus medidas contuvieron errores de apreciación geográfica, a pesar de lo cual y quizá también por errores de cálculo, se aproximó al valor real en un 99%.

Hiparco de Nicea (h 150 adE) construyó un observatorio en Rodas, hizo una lista de aproximadamente 1.000 estrellas que se podían ver con facilidad en Egipto y procedió a medir sus posiciones. Después, pasó a comprobar esta posición con las anotaciones antiguas babilónicas y las de Aristarco. Encontró una serie de cambios sistemáticos que indicaban que el eje de la Tierra había cambiado su dirección en el espacio y que no apuntaba siempre al mismo punto del firmamento.

Hiparco estudió también los movimientos del Sol, de la Luna y de los planetas, con resultados muy exactos. Como antes habían hecho los babilonios, dio la longitud del mes lunar con un error menor al segundo y la del año solar con un error de sólo seis minutos. En definitiva, asentó la astronomía cuantitativa sobre una base exacta y racional.

A Hiparco se le atribuye la invención de la trigonometría, aunque se han perdido sus escritos. También se cree que descubrió el teorema que es conocido como el teorema de Ptolomeo:

Ptolomeo (siglo II dE). Durante tres siglos, tras Hiparco, no aparece ningún astrónomo de importancia hasta Ptolomeo según parece, no estaba emparentado con la antigua casa reinante. Enseñó e hizo observaciones en Alejandría. Su obra más conocida es el Almagesto, que supuso para la astronomía algo así como los Elementos de Euclides para la geometría, ya que fue la obra de referencia para esta ciencia hasta el siglo XVII. Contiene aportaciones originales, pero gran parte está tomada de otros autores, especialmente de Hiparco.

Su obra expone trabajos trigonométricos con una buena aproximación al valor de π y en ella se recoge una tabla de senos naturales. Indica la posición de 1.022 estrellas y trata de la teoría de los movimientos planetarios —esta es la parte más famosa— donde sitúa a la Tierra en el centro del universo y a su alrededor, a los planetas y al Sol moviéndose en órbitas circulares en un complejísimo sistema orbital. El esquema era disparatado y erróneo en todo punto, pero fue bien acogido, porque situaba al hombre en el centro del universo.

En óptica analizó la refracción de la luz y describió el astrolabio, de gran utilidad para la navegación durante muchos siglos posteriores.

La Física y la Química en Alejandría

Poco hubo que registrar en estos campos, especialmente en Física. La Química estuvo representada por la Alquimia, que en Alejandría fue un monopolio de la casta sacerdotal que guardaba celosamente sus secretos. Parece ser que en Alejandría se realizaron imitaciones baratas de oro y plata mediante recubrimientos similares a los que se realizan hoy día mediante la electrolisis —la Alquimia, por tanto, tuvo un principio de intenciones inocentes en Alejandría—. Los principios de la Alquimia alejandrina no buscaban la transmutación de metales no preciosos en oro. Eso sucedió mucho más tarde.

Sin embargo, el emperador Diocleciano, a finales del siglo III dE, decretó ilegal la Alquimia y ordenó que se quemaran todos los libros que trataran sobre ella. ¡La hoguera ha sido siempre un freno muy eficaz del conocimiento!

Final de la Escuela de Alejandría

Ya a finales del siglo IV dE, Teón, director de la Academia, astrónomo y matemático, revitalizó las obras de Euclides y Ptolomeo. Su hija Hipatia, única mujer de ciencia conocida en la antigüedad, escribió comentarios sobre las cónicas de Apolonio y el álgebra de Diofanto.

A estas alturas, la inspiración había abandonado Alejandría, ya no se producía trabajo científico original y se había vuelto a la especulación filosófica de tipo místico.

La decadencia de la ciencia se reforzaba con el auge del cristianismo, que la desdeñaba y que sólo se preocupaba de la controversia teológica, porque había que inventar una Iglesia.
El lema del cristianismo «no analices, cree» minó el campo científico de pecados mortales castigados por penas que el cabrón de san Gregorio opinaba que debían ser «como las del infierno».

El arzobispo Teófilo —al que no sé por qué no hicieron santo, porque reunió maldades suficientes para llegar a serlo— con manos manchadas de oro y sangre fue un entusiasta en la exterminación de todos los monumentos de la cultura pagana y en el año 390 destruyó gran parte de la Biblioteca. Para mejorar la pía obra familiar, le sucedió en el trono arzobispal su sobrino, san Cirilo que, entre otras lindeces, consideró que el conocimiento científico de Hipatia ponía en peligro al cristianismo e instigó a una banda de frailes para que la asesinaran en el año 415 dE, desollándola viva con conchas de ostras afiladas. A este prócer de la nueva Iglesia, con tanto mérito acumulado, sí lo hicieron santo.

En Atenas, débil pero aún viva, existía todavía la Academia de Platón —que fue la última isla del paganismo— a la que emigraron algunos alejandrinos, pero la marea de intolerancia del cristianismo acabó llegando también allí.

Otros alejandrinos emigraron a la capital del Imperio, Bizancio. Su suerte fue aún peor, porque se encontraron con lo que Lecky, en su Historia de las morales europeas, describe como «una de las formas menos nobles que jamás haya asumido la civilización […] hundida en sensualidad y en los placeres más frívolos, el pueblo sólo salía de su indiferencia cuando alguna sutileza teológica o alguna rivalidad en las carreras de cuadrigas, lo estimulaban frenéticamente». Bizancio estaba sumida en discusiones teológicas sin sentido y la instrucción no tenía sitio en esa ciudad.

Finalmente, en el año 529 dE, los cristianos persuadieron al emperador Justiniano de que prohibiera el estudio de toda «instrucción pagana» en Atenas, y la escuela de Atenas murió también.

La brutalidad islámica acabó de rematar el destrozo hecho por la intolerancia cristiana. El final definitivo de la escuela de Alejandría ocurrió en el año 642, cuando los mahometanos conquistaron la ciudad y destruyeron lo poco que quedaba de la gran Biblioteca. Parece que el califa Omar justificó aquel vandalismo diciendo que «si aquellos escritos de los griegos coincidían con el libro de Dios, son inútiles y no necesitan conservarse; si discrepan, son perniciosos y deben destruirse».

Existe una exageración histórica que no tiene base ni rigor, debida a Albufargio, sobre que los libros sirvieron de combustible a los baños de la ciudad durante seis meses. Pero, en el fondo, qué importa lo que tardaron en arder, lo irremediable fue que ardieran.

Fuentes de la bibliografía: [7], [11], [12], [21], [23], [24], [25].



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